El Necronomicán: cuando un perro te ayuda a dejar de ponerte excusas
Hay una frase muy peligrosa para cualquiera que quiera crear algo: “mañana empiezo”. Mañana escribo. Mañana grabo. Mañana pinto. Mañana ordeno la idea. Mañana, cuando tenga la herramienta adecuada, el tiempo adecuado o la inspiración adecuada. El Necronomicán, de Matthias Arégui, va precisamente de eso: de un artista bloqueado, un perro que le cambia el ritmo y esa clase de excusas que parecen sensatas hasta que alguien —o algo— te obliga a moverte.
Publicada en España por Elephant Books / Cártem Cómics, esta novela gráfica sorprende desde el primer contacto. La edición en tapa dura y formato álbum ya invita a prestarle atención, pero lo mejor está en cómo Arégui construye una historia bonita, rara, triste por momentos, divertida cuando toca y muy humana en el fondo.
No hablo de “bonita” porque sea una historia amable con un perro adorable haciendo monerías. Lo es por el mensaje que deja. Por esa forma de hablar de creatividad, inseguridad, envidia, compañía y rutina sin convertirlo todo en una charla motivacional. Y eso, en tiempos de obras que a veces parecen diseñadas solo para encajar en una etiqueta, se agradece bastante.
Un artista bloqueado frente a un artista que lo tiene todo
El protagonista de El Necronomicán es Ángel Tristán, un artista que no termina de arrancar. Tiene ideas, tiene intención, tiene ganas de hacer algo importante, pero siempre aparece un obstáculo. O una excusa. O una nueva necesidad antes de empezar.

Frente a él está Víctor Bravo, antiguo compañero de escuela de arte y actual estrella local gracias a sus pinturas de gatos. Bravo representa ese éxito visible que lo ocupa todo: reconocimiento, dinero, seguridad y una relación con el ego bastante poco disimulada. La comparación entre ambos funciona muy bien porque no se queda en el contraste fácil entre “el triunfador” y “el fracasado”. Arégui va dejando claro que el éxito también puede esconder mucha mezquindad.
En medio de esa tensión aparece el perro que da sentido a la obra. Un animal que, sin grandes discursos ni golpes de efecto, empieza a cambiar la vida de Ángel Tristán. No porque le entregue una solución mágica, sino porque introduce algo mucho más sencillo: presencia, rutina, afecto y responsabilidad.
A veces no necesitas el pincel perfecto. Necesitas un perro que te mire como si ya supiera que te estás poniendo excusas.
Crear también consiste en dejar de sabotearse
Uno de los grandes aciertos de Matthias Arégui está en cómo habla del bloqueo creativo. No lo convierte en una pose grandilocuente ni en el sufrimiento elevado de un artista incomprendido. Lo muestra de una forma mucho más cercana: esa parálisis absurda que aparece cuando quieres hacer algo, pero no das el paso porque siempre parece faltar una condición ideal.
Y eso conecta más de lo que parece con la vida real. No hace falta pintar cuadros para entender a Ángel Tristán. Puede ser escribir, grabar un vídeo, empezar un proyecto, ordenar una idea, lanzar algo nuevo o simplemente tomar una decisión que llevas meses retrasando. Hay momentos en los que uno se engaña muy bien. Se convence de que no está evitando empezar, sino preparándose mejor.

El perro rompe ese bucle. No con frases inspiradoras, sino obligando a Ángel a salir de sí mismo. A tener horarios. A moverse. A mirar fuera. A cuidar. Y ahí la obra toca algo muy reconocible: muchas veces la creatividad no aparece cuando pensamos más, sino cuando vivimos un poco mejor.
La compañía animal como ancla
El Necronomicán entiende muy bien lo terapéutico que puede ser un animal sin caer en el sentimentalismo fácil. Tener un perro no arregla automáticamente una vida, pero puede darle estructura. Puede obligarte a salir cuando no saldrías. Puede hacer que dejes de mirarte el ombligo durante un rato. Puede darte una rutina justo cuando todo lo demás parece demasiado difuso.
Ese cambio en Ángel Tristán es una de las partes más bonitas del cómic. No porque el personaje se transforme de repente en alguien brillante, seguro y resuelto, sino porque empieza a avanzar. Poco a poco. Con dudas. Con torpezas. Con miedo. Pero avanzando.
Ahí la historia encuentra su mejor tono. Arégui mezcla humor, ternura y melancolía sin cargar demasiado ninguna de las tres partes. La relación entre Ángel y el perro tiene gracia, pero también tiene peso. Y cuando la obra se mueve hacia terrenos más tristes o fantásticos, lo hace sin romper esa base emocional.
Gente que ayuda y gente que quiere verte hundido
La novela gráfica también funciona muy bien cuando mira hacia los vínculos humanos. Porque no todo en la vida de Ángel se reduce a su bloqueo. También están las personas que lo rodean, las comparaciones que arrastra y esa clase de relaciones que parecen amistad, pero en realidad están llenas de desprecio, competencia y pequeñas crueldades.
Víctor Bravo es importante por eso. No solo como contrapunto artístico, sino como representación de esa gente que necesita ocuparlo todo. Personas que no se conforman con brillar: también necesitan que otros permanezcan a la sombra. Y respecto a esto, el cómic habla de algo muy reconocible: a veces no estás bloqueado solo por tus inseguridades, sino también por quienes se han encargado de alimentarlas.

Por suerte, El Necronomicán no se queda únicamente en esa parte amarga. También hay personajes que aparecen para ayudar, para acompañar o para empujar en la dirección correcta. Esa diferencia entre quien te hunde y quien te devuelve al camino es uno de los mensajes más claros de la obra.
Un dibujo con mucho estilo y una edición que le sienta genial
Visualmente, el cómic tiene una personalidad muy marcada. No es espectacular en el sentido más obvio de la palabra, pero sí tiene muchísimo estilo. Arégui trabaja con composiciones limpias, colores muy expresivos y una forma de dibujar a los personajes que encaja perfectamente con el tono de la historia.
El perro funciona especialmente bien. Es simple, reconocible y expresivo sin necesidad de recargarlo. Su presencia llena las viñetas incluso cuando no está haciendo nada extraordinario, y eso es fundamental para que la relación con Ángel resulte creíble.
También hay que destacar cómo la obra combina lo cotidiano con lo extraño. Puede empezar en un terreno muy reconocible —un artista frustrado, una tienda de materiales, un vecino famoso— y acabar moviéndose hacia algo más fantástico sin que parezca que hemos cambiado de cómic. Esa naturalidad es una de sus virtudes.
La edición de Elephant Books / Cártem Cómics ayuda mucho a que todo luzca. El formato álbum, la tapa dura y el tamaño hacen que las páginas respiren. Es uno de esos cómics que ganan en papel, no solo por cómo se ve, sino por la sensación de objeto cuidado que transmite.
Una historia sencilla, pero no simple
Si tengo que ponerle alguna pega, diría que El Necronomicán no es una obra de grandes giros ni de una complejidad narrativa enorme. Algunos personajes funcionan más como figuras muy claras dentro de la fábula que como retratos llenos de matices, y parte del recorrido se intuye antes de llegar al final.
Pero tampoco creo que eso juegue seriamente en su contra. Esta novela gráfica no intenta ser un thriller ni una historia construida alrededor de sorpresas. Su fuerza está en el tono, en el mensaje y en cómo va mezclando humor, tristeza y reflexión sin perder su identidad.

Quizá lo que más puede jugar en su contra es que no resulta fácil de etiquetar. No es solo un cómic sobre animales, ni solo una historia sobre arte, ni solo una fábula fantástica. Es un poco todo eso a la vez. Y esa rareza, que para algunos lectores será parte de su encanto, también puede hacer que pase más desapercibida de lo que merece.
Conclusión: una pequeña rareza con más fondo del que aparenta
El Necronomicán me ha dejado una sensación parecida a la que dejan algunas novelas gráficas que parecen pequeñas, pero que terminan hablando de cosas bastante grandes. Me pasó, salvando las distancias, con Fontanero Solitario: obras que no necesitan una gran maquinaria detrás para conectar con algo muy humano.
En este caso, Matthias Arégui firma un cómic sobre crear, fracasar, compararse, cuidar, perder y seguir adelante. Una historia con humor, con tristeza y con una idea muy sencilla atravesándolo todo: a veces salir del bloqueo no depende de encontrar la inspiración perfecta, sino de encontrar una rutina, una compañía o una razón para levantarte y hacer algo.
No se lo recomendaría a quien busque acción, grandes revelaciones o una trama espectacular. Sí a lectores que disfruten de novelas gráficas con personalidad, a quienes conecten con historias sobre procesos creativos y a cualquiera que haya sentido alguna vez que estaba esperando el momento perfecto para empezar algo.
Porque igual el momento perfecto no existe. Igual solo hacía falta dejar de esperar.
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