We3: el cómic de Morrison y Quitely que sigue doliendo casi 20 años después
En junio de 2009 recomendé We3 en mi primer blog de Blogger (se llamaba E-Cultura Alternativa XD), mucho antes de que De Fan a Fan fuera lo que es hoy. Aquel texto era breve, directo y bastante inocente, pero terminaba con una frase que todavía me representa: “No lo olvidéis… ellos no lo harían”.
Entonces todavía no había tenido perro.
Lo digo porque hay lecturas que no cambian solo por el paso del tiempo, sino por lo que te ha pasado a ti mientras tanto. Años después de aquella primera recomendación, llegó a casa Arwen, una perrita cruce de podenco que adoptamos de una protectora y que nos acompañó desde 2012 hasta 2025. Y aunque We3 ya era un cómic duro cuando lo leí por primera vez, ahora entra por otro sitio. Más profundo. Más incómodo. Más cerca.
La nueva edición de Panini dentro de la línea DC Compact es una buena excusa para volver a este trabajo de Grant Morrison y Frank Quitely. También para comprobar si aquella recomendación de hace tantos años seguía en pie o si era uno de esos recuerdos que la nostalgia mejora más de la cuenta.
Y no. We3 sigue funcionando.
De hecho, probablemente ahora funciona mejor.

Tres animales que solo quieren volver a casa
La premisa de We3 se explica rápido: un perro, un gato y un conejo han sido modificados por el ejército para convertirse en armas vivientes. Sus cuerpos han sido integrados en exoesqueletos cargados de tecnología militar, su comportamiento ha sido condicionado y su utilidad se mide en términos de eficacia, obediencia y destrucción.
Cuando el proyecto deja de interesar, la orden es sencilla: eliminarlos.
A partir de ahí, los tres animales escapan y emprenden una huida desesperada que tiene algo de película de acción, algo de pesadilla tecnológica y mucho de tragedia contenida. Porque Morrison no necesita explicar demasiado para que entendamos lo importante: Bandit, Tinker y Pirate no son soldados. No son máquinas. No son prototipos fallidos.
Son animales asustados.
Y quieren volver a casa.
Esa idea, tan sencilla, es la que sostiene todo el cómic. We3 no intenta dar una gran lección moral cada dos páginas ni convertir su mensaje en un discurso subrayado. Lo que hace es bastante más efectivo: te coloca delante de tres criaturas que no han elegido nada de lo que les está pasando y deja que el horror se explique solo.
Grant Morrison va directo al golpe
Grant Morrison suele moverse muy bien en terrenos donde lo extraño, lo superheroico y lo conceptual se mezclan sin pedir permiso. Ahí están Animal Man, Doom Patrol, Los Invisibles, New X-Men o All-Star Superman, por citar solo algunas obras que explican bastante bien su forma de entender el cómic como algo elástico, raro y lleno de posibilidades.
En We3, sin embargo, Morrison va al grano. No hay grandes rodeos. No hay un exceso de explicaciones. No hay una construcción de mundo especialmente amplia. Hay una idea brutal, tres personajes vulnerables y una persecución que avanza sin apenas dejar respirar.

Eso puede verse como una limitación, y en parte lo es. We3 es tan breve que algunos momentos podrían haber tenido más espacio. Hay personajes humanos que aparecen casi como piezas necesarias para empujar la historia, pero sin demasiado desarrollo. También queda la sensación de que ciertas pausas emocionales podrían haber respirado un poco más.
Pero quizá ahí está también parte de su fuerza.
We3 no se queda contigo porque lo explique todo, sino porque te golpea con precisión y se marcha antes de que puedas protegerte del todo.
Frank Quitely convierte la acción en algo físico
Si el guion de Morrison es seco y directo, el dibujo de Frank Quitely es el otro gran motivo por el que We3 sigue siendo una lectura tan potente. Quitely ya había demostrado de sobra su talento en obras como New X-Men o All-Star Superman, pero aquí hace algo especialmente complicado: consigue que el cómic sea espectacular sin quitarle humanidad —o animalidad— a lo que está contando.
Las escenas de acción tienen una composición extraordinaria. Hay páginas que fragmentan el movimiento, multiplican puntos de vista y convierten la violencia en una secuencia casi quirúrgica. El lector no solo ve la acción: la siente cortada, acelerada, descompuesta.
Y, al mismo tiempo, Quitely sabe cuándo parar.
Una mirada, una postura, una frase torpe emitida por esos animales modificados… basta poco para recordar que debajo de las armas, de las placas metálicas y de la tecnología militar siguen estando un perro, un gato y un conejo.
Ese contraste es lo que hace que We3 no sea simplemente un cómic de ciencia ficción violenta. Lo que podría haber sido una historia llamativa sobre animales cyborg se convierte en algo bastante más triste: una historia sobre seres vivos convertidos en herramientas.
Lo que cambia al leerlo ahora
Cuando lo recomendé en 2009, destaqué su dibujo, su precio y su mensaje contra la experimentación animal. Y no creo que estuviera equivocado. Esa lectura sigue ahí.
Pero hoy me cuesta quedarme solo en eso.
Después de convivir con un animal durante años, después de entender lo que significa que dependa de ti, que confíe en ti, que forme parte de tus rutinas y de tu casa, We3 se lee de otra manera. Ya no es solo “qué cruel es experimentar con animales”. Es algo más íntimo: qué fácil resulta para ciertos sistemas borrar la individualidad de un ser vivo cuando deja de mirarlo como alguien y empieza a tratarlo como algo.

Ese es el punto que más me incomoda ahora.
Bandit, Tinker y Pirate tienen nombres, pero el mundo que los ha creado no los mira así. Los mira como unidades. Como recursos. Como tecnología. Como daños colaterales pendientes de ser retirados.
Y ahí We3 sigue siendo tremendamente actual. No porque todos los días veamos perros, gatos y conejos convertidos en armas militares, evidentemente, sino porque la lógica que plantea el cómic no nos resulta tan extraña: usar, exprimir, sustituir, eliminar. Da igual si hablamos de animales, personas o cualquier cosa que un sistema decide reducir a pura utilidad.
We3 funciona porque nunca olvida que debajo del metal, de las armas y del espectáculo visual, siguen estando tres criaturas que solo quieren volver a casa.
Una lectura breve, brutal y difícil de olvidar
No sé si llamaría a We3 obra maestra sin matices. Es un cómic muy corto, muy concentrado y quizá demasiado rápido en algunos tramos. También es verdad que su propia naturaleza juega a favor de esa sensación de urgencia: no hay tiempo para detenerse porque sus protagonistas tampoco lo tienen.
Lo que sí tengo claro es que sigue siendo una lectura muy recomendable.
Por su potencia visual. Por la claridad de su premisa. Por lo bien que Morrison y Quitely entienden que una historia no necesita muchas páginas para dejar una marca. Y porque, tantos años después, mantiene intacta esa capacidad de incomodar sin ponerse solemne.
Como ya he dicho, en 2009 escribí que We3 merecía la pena por su dibujo, por lo económico y por su mensaje. Hoy, con más años encima y con recuerdos que pesan de otra manera, añadiría algo más: merece la pena porque te recuerda que algunos vínculos no necesitan grandes palabras para entenderse.
A veces basta con una mirada.
O con la necesidad desesperada de volver a casa.
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