Los Negritos no van a comerte, Don Julio [RESEÑA]
Con Los Negritos no van a comerte, Don Julio y Fandogamia Editorial vuelven a jugar —con mucha mala leche y bastante inteligencia— a ese terreno tan incómodo como necesario: el del humor que señala prejuicios sin pedir permiso.
El formato no es casual. Estamos ante otro de los cuadernillos de actividades de la editorial que imitan deliberadamente la estética y estructura de los clásicos cuadernos RUBIO: ejercicios de colorear, escribir, rellenar… lo que cualquiera asociaría a una inocente herramienta educativa. Pero aquí el objetivo no es aprender a sumar o mejorar la caligrafía, sino desmontar miedos heredados, discursos racistas y frases que llevamos décadas oyendo sin cuestionar.
Este título se suma a una línea editorial que ya dejó huella con obras como El Niño Jesús no odia a los mariquitas, un cuaderno que, pese a su tono irónico y claramente satírico —en la línea de lo que llevan haciendo décadas en El Jueves—, acabó en los tribunales tras una denuncia. El fallo judicial dejó claro algo que conviene no olvidar: la obra no incitaba al odio ni vulneraba derechos, sino que utilizaba el humor como herramienta crítica. Y eso, hoy en día, ya parece suficiente para escandalizar a algunos.

Por eso no puedo evitar ver valentía en la publicación de este cuaderno. Más aún si recordamos lo ocurrido con Charlie Hebdo, un referente trágico de hasta dónde puede llegar la intolerancia frente a la sátira. Salvando todas las distancias, el contexto actual hace que cada obra de este tipo tenga un peso mayor del que aparenta.
La lectura me ha dejado un sabor de boca muy positivo. El tono es ácido, directo y sin rodeos, pero nunca gratuito. De hecho, aún tengo pendiente “usar” el cuadernillo como se supone que debe hacerse: colorear, escribir, completar actividades… aunque confieso que me da cierta pena estropearlo. Supongo que también es parte del juego: obligarte a interactuar físicamente con el mensaje, no solo a consumirlo pasivamente.
Y es que publicaciones como esta me parecen especialmente necesarias en la España actual. Vivimos una polarización cada vez más evidente y los ejemplos recientes de racismo y exclusión —como los sucesos de Torre Pacheco, los desalojos de cientos de inmigrantes en Badalona y las posteriores manifestaciones para impedir que una parroquia acoja a apenas quince personas en pleno invierno y en fechas de “navidad cristiana”— no son anécdotas aisladas. Son síntomas.

Usar el humor para hablar de algo tan serio me parece un acierto absoluto. No porque trivialice el problema, sino porque muchas veces es la única forma de que el mensaje cale. Otra cosa es que llegue a quienes más lo necesitan; ahí ya entramos en un terreno más pesimista.
En lo artístico, el dibujo encaja a la perfección con el planteamiento del cuaderno: un estilo claro, reconocible, expresivo y muy bien calibrado para reforzar el tono irónico sin distraer del contenido. Nada sobra y nada parece puesto al azar.
Tras leerlo, tengo aún más ganas de echarle mano al resto de cuadernillos de esta colección. Si algo demuestra Fandogamia con estas publicaciones es que el humor, cuando se hace con cabeza y mala intención bien entendida, sigue siendo una de las herramientas más potentes para incomodar, señalar y, con suerte, hacer pensar.
Y solo por eso, ya merecen existir.

