La orilla que nos une: cuando nuestros problemas se miran desde el otro lado
La orilla que nos une no tiene precisamente uno de esos títulos que te hacen coger un cómic de la estantería sin pensártelo demasiado. Sin embargo, después de leerlo, no solo cobra sentido, sino que resume bastante bien el juego que proponen Vincent Zabus y Nicoby: mirar nuestros problemas desde el otro lado y descubrir que, aunque cada uno viva encerrado en los suyos, compartimos mucho más de lo que parece.
Elephant Books sigue siendo una editorial muy joven, pero después de haber leído y reseñado El Necronomicán empiezo a encontrar cierta sensibilidad común entre algunas de sus elecciones. Historias muy humanas, personajes imperfectos y conflictos que no necesitan grandes villanos ni amenazas para conseguir que te impliques en ellos.
La orilla que nos une encaja perfectamente ahí. Y además lo hace con una lectura muy ágil, sin ponerse trascendental ni convertir sus temas en un sermón.
Seis personas compartiendo algo más que una orilla
La historia nos lleva hasta Dave Rivage, un pequeño pueblo belga en el que seguimos las vidas de seis personajes de distintas generaciones.
Simon es un profesor agotado por una forma de enseñar en la que cada vez cree menos. Su hijo Hugo disfruta fotografiando los animales de los alrededores y está enamorado de Jill, una adolescente acostumbrada a despertar el interés de quienes la rodean, pero que todavía intenta descubrir qué quiere ella y si lo que siente se dirige hacia chicos, chicas o simplemente aún necesita tiempo para averiguarlo.
Diane, por su parte, ha regresado al pueblo después de pasar por una mastectomía y trata de reconciliarse con su cuerpo y con una vida que necesita redefinir. Allí vuelve a encontrarse con Simon, al que ya conocía de años atrás.

Y completando este pequeño mapa humano están Pierre, un hombre mayor en silla de ruedas cansado de las limitaciones que le impone su situación, y Nicole, una vieja amiga que sigue empeñada en mantenerse activa y ayudar a los demás mientras arrastra sus propios conflictos familiares.
No parece que tengan demasiado en común. Hasta que sus vidas empiezan a cruzarse.
Mientras nosotros vivimos nuestros dramas, alguien observa
Lo curioso es que Zabus introduce otro punto de vista que cambia bastante la forma de contemplar todo lo anterior.
Los animales que viven alrededor de Dave Rivage están observando a los humanos.
Un sapo instalado en su nenúfar ejerce prácticamente como coordinador de esta peculiar operación y encarga a otros animales que estudien nuestro comportamiento. El gato adquiere bastante protagonismo, pero también aparecen aves, arañas y otras criaturas que contemplan con sorpresa, curiosidad o bastante poca comprensión lo que hacemos.
Y aquí está uno de los aspectos que más me han gustado del cómic.

Para Simon, su trabajo puede convertirse en un problema capaz de ocuparlo todo. Para Jill lo importante es entender qué siente. Hugo vive sus propios problemas sentimentales. Diane intenta recuperar la confianza en sí misma. Pierre afronta las limitaciones de la edad y la enfermedad. Nicole carga con una herida familiar que no consigue cerrar.
Todos tienen motivos para estar preocupados. Pero mientras ellos viven esas situaciones como algo enorme, los animales los contemplan desde existencias completamente distintas, muchas veces mucho más breves y expuestas.
El contraste resulta divertido en algunos momentos, pero también sirve para poner las cosas en perspectiva. No porque los problemas de los personajes sean insignificantes, sino porque cada uno de nosotros tiende inevitablemente a mirar el mundo desde el lugar que ocupa en él.
Hablar de cosas serias sin soltar un sermón
La orilla que nos une toca bastantes temas para sus 160 páginas: identidad, deseo, enfermedad, envejecimiento, frustración profesional, relaciones familiares, soledad e incluso la manera en la que afrontamos nuestra propia mortalidad.
Sobre el papel, semejante combinación podría haber dado lugar a uno de esos cómics que parecen empeñados en recordarte constantemente lo profundos que son. Afortunadamente, Zabus no tira por ahí.

Aquí estamos viendo un fragmento de las vidas de estas personas. Las conocemos cuando ya arrastran problemas y las dejamos después de haber avanzado un poco más. Algunas situaciones cambian, otras adquieren una perspectiva diferente y cada personaje tiene que enfrentarse, a su manera, a aquello que le preocupa.
Hay momentos duros, pero también humor, situaciones cotidianas, conversaciones incómodas, deseo y cierta picardía. Porque la vida tampoco deja de tener esas cosas cuando alguien está pasando por una mala época.
Nicoby tampoco esquiva los cuerpos ni las miradas. Jill y Hugo son adolescentes descubriendo el deseo; Diane tiene que aprender a relacionarse de nuevo con su propio cuerpo y los personajes, independientemente de su edad, siguen mirando y siendo mirados. Hay algún desnudo y situaciones que se acercan al erotismo, pero nunca tuve la sensación de que la obra quisiera resultar erótica. Simplemente, como diría Rigoberta Bandini, a veces hay cosas que te alegran el día sin querer.
Un dibujo que hace que quieras quedarte en Dave Rivage
Si la historia funciona, una parte importante de la culpa la tiene Nicoby.
Su dibujo es bonito, cercano y tremendamente expresivo. Los personajes tienen mucha personalidad y resulta especialmente fácil reconocer sus emociones sin necesidad de cargar los diálogos. También presta bastante atención a los animales y al entorno, algo fundamental en una historia en la que el paisaje y quienes lo habitan tienen mucho más que una función decorativa.
Me gusta especialmente cómo consigue que Dave Rivage parezca un lugar vivido. Las casas, el río, los caminos y los espacios naturales hacen que entiendas por qué todas estas personas terminan cruzándose y por qué los animales pueden observarlas desde esa otra orilla.
Además, el tono visual acompaña perfectamente a la historia. Puede resultar cálido y entrañable sin esconder momentos incómodos, tristes o incluso dolorosos. Ese equilibrio ayuda muchísimo a que las 160 páginas se lean con una facilidad enorme.

La importancia de mirar un poco más allá de nuestros problemas
Creo que lo que más me llevo de La orilla que nos une es precisamente esa cuestión de perspectiva que la obra consigue trasladar al lector.
Todos tenemos nuestras preocupaciones, nuestras inseguridades y nuestras historias. Y cuando estamos metidos dentro de ellas es normal que parezcan ocuparlo todo. Lo complicado es recordar que la persona que tenemos delante también está viviendo las suyas y que posiblemente tampoco sepamos qué importancia tienen para ella.
Los animales aportan una mirada externa que permite jugar constantemente con esa idea. A veces nos observan con curiosidad, otras no entienden nuestras preocupaciones y en algún momento directamente les parecemos una especie bastante absurda. Viéndonos desde fuera, quizá lo seamos un poco.
Pero Zabus y Nicoby tampoco utilizan esa mirada para despreciar a sus personajes. Al contrario. Sus contradicciones, miedos, deseos y errores son precisamente lo que consigue que acabemos encariñándonos con ellos.

Una de esas historias que se quedan
Yo suelo alternar bastante mis lecturas. Me gustan el terror, la acción, las historias con mala leche y, por supuesto, un buen festival de hostias cuando toca. Pero también disfruto muchísimo cuando encuentro un cómic capaz de emocionarme simplemente hablando de personas.
La orilla que nos une ha sido uno de esos.
No necesita una trama enorme ni pretende cambiarte la vida. Cuenta un periodo relativamente breve en la existencia de seis personas, deja que sus caminos se crucen y utiliza a un inesperado grupo de animales para recordarnos que quizá convendría levantar la cabeza de vez en cuando y mirar qué está ocurriendo al otro lado.
Me ha parecido un cómic bonito, emotivo y muy fácil de recomendar a quienes disfruten de las historias cotidianas y de personajes. Y, personalmente, este es de los que se quedan en mi biblioteca.
Que teniendo en cuenta mi afición por acumular tebeos, tampoco es poca cosa.
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