The Walking Dead – La novela: lee gratis el capitulo 1

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El 25 de octubre se pone a la venta la primera novela de «The Walking Dead» bajo el titulo «El Gobernador» («Rise of the Governor» en los USA) y desde ayer en la pagina española de FOX TV nos brindan la oportunidad de leer de forma gratuita el primer capítulo titulado «Hombres Huecos«.

La novela, co-escrita entre Robert Kirkman y Jay Bonansinga (escritor nominado a los premios Stoker y habitual colaborador de George A. Romero), que se puso a la venta en los USA a final del mes de septiembre se puede ir reservando ya en multitud de librerías españolas y supone un complemento mas al universo zombi que tanto nos está haciendo disfrutar desde que salió a la venta el primer comic de Kirkman.
Os dejo por aqui la sinopsis oficial de la novela (publicada por TimunMas), su portada y más abajo el capitulo nº 1 tal y como aparece en la página de la Fox (en la que avisan que también colgaran el segundo capítulo).

Sinopsis: Rick, Glenn y Michonne, descubren el pueblo de Woodbury cuando buscaban los restos de un helicóptero que se había estrellado. Allí se encuentran con una retorcida combinación de deporte y perversión; como si se tratara de un circo, los muertos vivientes se enfrentan los unos a los otros por un trozo de ser humano. Y todo es obra de El Gobernador, el déspota que fundó y controla Woodbury. Pero ¿cómo llegó hasta aquí?


En un principio, cuando la epidemia comenzó, Philip, reunió a un gran grupo de supervivientes alrededor de cuatro calles de la ciudad y se denominó a sí mismo: El Gobernador. Parecía un líder justo y fuerte, pero pronto su lado maquiavélico salió a relucir. Esta es su historia…

THE WALKING DEAD – Cap. 1 – Los hombres huecos


No hay nada glorioso en morir. Todo el mundo puede hacerlo.
Johnny Rotten

UNO

Brian Blake, acurrucado a oscuras, rodeado de humedad, con el miedo atenazándole el pecho y un dolor punzante en las rodillas, piensa que si tan sólo tuviera otro par de manos podría taparse los oídos y tal vez
mitigar el ruido que hacen las cabezas humanas al ser aplastadas. Desgraciadamente, Brian sólo tiene dos manos y ahora mismo las necesita para taparle las orejas a la niña que tiene al lado, dentro del armario.
La niña, de siete años, no deja de temblar entre sus brazos, se estremece con cada ¡chas! que se produce fuera de forma intermitente. Y luego viene el silencio; sólo se oye el ruido de las pisadas pegajosas en el
suelo cubierto de sangre y una oleada de susurros crispados procedente del vestíbulo.
Brian tose otra vez. No puede evitarlo: lleva días luchando contra ese condenado catarro, esa molestia obstinada que no logra quitarse de encima y que le afecta las articulaciones y le provoca sinusitis. Le pasa todos los años en otoño, cuando llegan a Georgia los días fríos, húmedos y sombríos. La humedad le cala los huesos y absorbe toda su energía, le roba el aliento. Y ahora nota la penetrante puñalada de la fiebre cada vez que tose.
Un nuevo ataque de tos lo obliga a doblarse con un movimiento seco. Resuella mientras sigue presionándole las orejas a la pequeña Penny. Sabe que con tanto ruido atrae la atención de todo lo que hay al otro lado de la puerta del armario, por los rincones de la casa, pero no puede hacer nada. Al toser, ve estelas de luz, minúsculas filigranas de fuegos artificiales que surcan sus pupilas ciegas. El armario, de apenas metro y medio de ancho por uno de fondo, está oscuro como un pozo y apesta a naftalina, heces de rata y madera vieja. Hay unas fundas de plástico para abrigos colgadas que en la oscuridad le rozan la cara. Su hermano menor, Philip, le dijo que podía toser en el armario. Que ahí dentro podía toser todo lo que le saliera de los cojones, aunque atrajera a los bichos. Pero que más le valía no pasarle el catarro a su niña. De lo contrario, Philip le abriría la cabeza.
El ataque de tos pasa.
Instantes después, nuevas pisadas torpes que alteran el silencio en el exterior del armario: otra de esas cosas muertas que entra en la zona de matanza. Brian le aprieta más las orejas a Penny, que se estremece ante otro movimiento de la Sonata del Cráneo Aplastado en Re menor.
Si tuviera que describir el barullo que le llega desde fuera de su escondite, Brian Blake se remontaría a los días en que tuvo una tienda de música que fracasó y diría que las cabezas que reventaban sonaban como la sinfonía de percusión que seguramente tocarían en el infierno: como un ocurrente descarte de Edgard Varèse o un místico solo de batería de John Bonham, con versos y estribillos que se van repitiendo…
La pesada respiración de los humanos, las pisadas arrastradas de otro cadáver semoviente, el silbido de una hacha, el golpe seco del acero al hundirse en la carne… Y un final apoteósico: el ¡plaf! del peso muerto, húmedo, contra el parquet pringoso.
El cambio de ritmo en la acción le produce otro escalofrío febril que le recorre la espalda. Vuelve a hacerse el silencio. Ahora que los ojos ya se le han acostumbrado a la oscuridad, Brian distingue el primer reguero de espesa sangre de arteria colándose por debajo de la puerta. Parece aceite de motor. Aparta suavemente a su sobrina del charco que se extiende y la coloca junto a las botas y paraguas alineados a la pared del fondo.
Los bajos del vestido vaquero de Penny Blake tocan la sangre. La niña retira la tela rápidamente y frota la mancha como si el mero hecho de absorber la sangre pudiera infectarla.
Otro ataque de tos convulsa hace que Brian se incline. Trata de combatirlo tragándose las punzadas como de cristales rotos que siente en la garganta seca y rodea a la niña con los brazos. No sabe qué hacer ni qué decir. Quiere ayudar a su sobrina, susurrarle algo que la tranquilice, pero no se le ocurre ni una sola cosa que pueda hacerlo. El padre de la niña sí sabría qué decir. Philip sí. Siempre sabe qué decir. Philip Blake es el tipo que dice las cosas que todo el mundo desearía haber dicho. Dice lo que hay que decir y hace lo que hay que hacer. Como ahora. Está ahí fuera con Bobby y Nick haciendo lo que hay que hacer, mientras Brian se arrebuja en la oscuridad como un conejo asustado, deseando saber qué decirle a su sobrina.  Teniendo en cuenta que Brian Blake es el mayor de los dos hermanos, es extraño que siempre haya sido el debilucho. Con apenas un metro setenta y cinco de estatura contando el tacón de las botas, Brian Blake es un espantapájaros esquelético que casi no llena los vaqueros pitillo y la raída camiseta de Weezer que viste. Una perilla, varias pulseras de macramé y una mata de pelo oscuro a lo Ichabod Crane completan la estampa de joven bohemio de treinta y cinco años atrapado en el limbo de Peter Pan que ahora está arrodillado en la penumbra, envuelto en olor a naftalina. 
Brian coge aire con dificultad y baja la mirada hacia los ojos de cervatillo de Penny, que parece haber visto un fantasma, a juzgar por el horror mudo que invade su rostro en la oscuridad del armario. Siempre ha sido una niña tranquila, con una piel como de porcelana que le confiere a su rostro un aspecto casi etéreo. Pero desde la muerte de su madre, se ha encerrado en sí misma y se ha vuelto tan pálida y estoica que casi parece traslúcida, con esos mechones de cabello azabache ensombreciendo sus enormes ojos.
Durante los últimos tres días apenas ha pronunciado palabra. Es cierto que han sido tres días fuera de lo normal y también que el trauma no afecta a los niños igual que a los adultos, pero Brian teme que Penny esté sumiéndose en algún tipo de estado de shock.
—Saldremos de ésta, pequeña —le susurra Brian con una tos angustiada como punto final.
Ella dice algo sin mirarlo. Lo dice entre dientes, con la mirada fija en el suelo, mientras una lágrima rueda por su mejilla sucia.
—¿Qué has dicho, Pen? —Brian se agacha junto a ella y le seca la lágrima.
Vuelve a decirlo otra vez, y otra y otra, pero no parece que se lo diga a Brian. Es más como un mantra, o una plegaria, o un conjuro:
—No saldremos de ésta nunca, nunca, nunca, nunca.
—Chist.
Le coge la mano, la presiona contra los pliegues de su camiseta.
Nota el calor del rostro de la niña apoyado en las costillas. Le tapa las orejas de nuevo al oír el golpe seco de otra hacha que rompe la membrana de un cuero cabelludo, quiebra la dura corteza de un cráneo y rasga las capas gelatinosas y grises del lóbulo occipital.
Hace un ruido como el de un bate de béisbol al golpear una pelota mojada de softball, una eyaculación de sangre, como una fregona azotando el suelo, seguida de un espantoso puntapié sordo y mojado. Curiosamente eso es lo que peor lleva Brian: el ruido amortiguado de un cuerpo hueco, húmedo, al caer sobre las lujosas baldosas de cerámica. Las fabricaron expresamente para aquella casa con motivos e incrustaciones aztecas. Es una casa preciosa… o por lo menos, lo era.
Los ruidos cesan de nuevo. 
Una vez más, se impone un silencio empapado y atroz. Brian reprime la tos, la aguanta como si fuera la tapa de un surtidor de fuegos artificiales a punto de estallar, porque quiere oír bien los cambios que de un segundo a otro se producen en los jadeos del otro lado de la puerta y en las pisadas pegajosas que se arrastran a través de las vísceras. Pero ahora todo está en silencio. Brian nota que la niña se le acerca; se está preparando para otra salva de hachazos, pero todo sigue en calma. Poco después, a escasos centímetros, se oye el pestillo y el pomo del armario gira; a Brian se le pone la carne de gallina. Se abre la puerta.
—Vale, despejado.
Esa voz de barítono, curtida a base de whisky y tabaco, proviene de 9 un hombre que atisba los recovecos del armario. Parpadea en la penumbra y el sudor le empapa la cara, congestionada por el esfuerzo de despachar zombies. Philip Blake lleva en la mano, callosa, una hacha bañada en restos repugnantes.
—¿Seguro? —pregunta Brian.
Haciendo caso omiso de su hermano, Philip le echa un vistazo a su hija.
—Todo controlado, cielo, papá está aquí.
—¿Estás seguro? —insiste Brian con un golpe de tos.
Philip mira a su hermano.
—Tápate la boca cuando tosas, ¿quieres, campeón?
Brian repite con un hilo de voz:
—¿Estás seguro de que no queda ninguno?
—Bichito —le dice Philip a su hija con su deje sureño y una gran ternura tras las brasas de violencia que empiezan a apagarse en sus ojos—, necesito que te quedes aquí un segundo, ¿vale? No te muevas
hasta que papá diga que puedes salir. ¿De acuerdo?
La chiquilla, pálida, asiente con una inclinación de cabeza casi imperceptible.
—Venga, campeón —insta Philip a su hermano mayor para que abandone las sombras—, échame un cable con la limpieza. Brian se pone en pie con dificultad y se abre camino entre los abrigos. Al salir del armario, la luz del vestíbulo lo deslumbra y pestañea. Observa, tose y sigue observando. Durante un instante, tiene la sensación de que la fastuosa entrada de la casa colonial de dos pisos, iluminada por candelabros de cobre de diseño, está siendo redecorada por unos técnicos con parálisis cerebral. Las paredes de escayola lucen grandes franjas de salpicaduras rojo burdeos. Los zócalos y las molduras están adornadas con motivos de Rorschach en blanco y rojo. Y entonces identifica las formas del suelo.Seis cuerpos con los miembros dislocados yacen en cúmulos sanguinolentos.Su edad y género han quedado difuminados por la carnicería: la tez, jaspeada y lívida; los cráneos, desfigurados. El más grande está tumbado en un charco de bilis que se va extendiendo al pie de la escalera de caracol. Otro cuerpo, tal vez la señora de la casa, tal vez una anfitriona cordial conocida antes por su tarta de melocotón y su hospitalidad sureña, está despatarrada sobre el entarimado blanco, desencajada toda ella, con un reguero de materia gris brotándole del cráneo partido.

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