Crítica de El final de Oak Street: un Jurassic Park nostálgico, divertido y sin complejos
Las referencias al cine de los años 80 están muy claras en El final de Oak Street, una aventura de dinosaurios que acaba resultando un simpático pasatiempo veraniego. David Robert Mitchell recoge el legado del cine de Amblin y Steven Spielberg y lo mezcla con la aventura ligera contemporánea. Ese barullo de ideas nostálgicas termina triturado entre los dientes afilados de los dinosaurios para entregarnos una historia tan divertida como desenfadada.
Lo mejor es la astucia con la que Mitchell nos presenta los hechos. Todo comienza de una manera sencilla, familiar, casi reconfortante, hasta que explota con un giro fantástico planteado con una naturalidad y un pragmatismo que hacen que aceptemos lo imposible sin demasiadas preguntas. Aquí lo que importa no es el qué, sino cómo consigue hacer disfrutar al espectador.
El final de Oak Street va directo al grano: una aventura intrépida, cargada con sus dosis de tensión y unas gotas trágicas para revolver las emociones del público. Cine evasivo en estado puro que no ha venido para complicarnos demasiado la vida. Ni falta que le hace, porque su afilado sentido de la diversión se transforma en un jovial bullicio de sangre, muertes y dinosaurios que devoran la pantalla.
Una de esas pelis que no te exigen demasiado, solo que te dejes llevar por su desmedida propensión a la paradoja de la hamburguesa. Sabes que no es buena para el cuerpo, pero te la comes y disfrutas de ese placer culpable.
El problema es que, más allá de esa diversión rudimentaria, la película no parece saber qué quiere ser aparte de un homenaje reverente al cine de los años 80. En ese aspecto se nota la mano de J. J. Abrams, uno de sus productores, quien ya transitó por un camino similar en la interesante Super 8.

En concreto, su último tramo no termina de expandir las posibilidades distópicas de la trama y opta por un desenlace menos arriesgado que su propuesta inicial. Un final feliz que rebaja la valentía con la que la historia había mezclado humor y drama, dejando una sensación extraña en el espectador: como si después de la gran mordida del dinosaurio intentaran curar la herida con una tirita. Ese happy end edulcorado rompe parcialmente el tono de la aventura y nos devuelve a la realidad pensando que quizá habría sido mejor comernos una ensalada.
Parque Jurásico divertido y sin vergüenza
La referencia a Parque Jurásico resulta inevitable. Spielberg, dinosaurios… Las asociaciones aparecen por sí solas. No hace falta revelar demasiado: en uno de esos clásicos suburbios estadounidenses de los 80 aparecen dinosaurios. Y tienen hambre y muy mala baba.
Como decía, no importa tanto la razón de su aparición como lo que sucede ante la catástrofe. Una familia corriente se ve obligada a enfrentarse a una amenaza extraordinaria. Un Jurassic Park salvaje y disfrutón, con efectos visuales del siglo XXI y una puesta en escena que mira constantemente hacia el cine clásico de aventuras.
Esa es precisamente una de sus virtudes. Aunque los dinosaurios y los efectos visuales sean fundamentales, la película no depende exclusivamente de ellos. El espectáculo funciona porque está integrado en la trama y en el drama familiar. La amenaza exterior termina revelando los conflictos internos y permite que el espectador conecte con el dolor y la confusión de los personajes.

Mitchell se muestra respetuoso con sus referentes, pero también atrevido e incluso ligeramente irreverente. El resultado es una película de autor que no renuncia al espectáculo, la calidad ni el entretenimiento, tres conceptos que, como demostró Spielberg durante décadas, nunca han tenido por qué estar enfrentados.
Denise y la vida que quería abandonar
Anne Hathaway resulta fundamental para que todo funcione. Denise es el auténtico pegamento emocional de la película. Podría haber salido de una telenovela, pero termina transformada en una guerrera que debe sobrevivir dentro de una historia de Michael Crichton.
En secreto, escribe una novela en la que su protagonista mantiene preparada una maleta, esperando el momento de escapar de una existencia que siente cada vez más asfixiante. Los dinosaurios representan un peligro evidente, pero la verdadera crisis de Denise es mucho más cotidiana. La película encuentra así una manera eficaz de hacer convivir el espectáculo con un conflicto emocional reconocible.
Me detengo en esta parte porque, para mí, contiene uno de los principales problemas de la película. El arco narrativo de Denise no termina de encajar todas sus piezas, algo que también afecta a la coherencia de la trama. La resolución familiar acaba recurriendo a una fórmula perfectamente reconocible. Lo mismo ocurre con la forma, bastante simplona, de escapar de la amenaza, que termina resultando tan sencilla que deja una experiencia anticlimática.

Un suburbio de los ochenta
Uno de los grandes aciertos de El final de Oak Street está en la construcción de ese suburbio estadounidense de los años ochenta, aparentemente idílico. Mitchell parte de una imagen profundamente reconocible: calles tranquilas, casas unifamiliares y jardines perfectamente cuidados. Una normalidad que, precisamente por su familiaridad, hace que la irrupción de lo imposible resulte todavía más perturbadora.
Mitchell toma aquí una de sus decisiones más interesantes. En lugar de construir una mitología alrededor de lo que está ocurriendo, mantiene buena parte del fenómeno en un terreno deliberadamente inexplicable. Lo desconocido funciona como una fuerza que altera de manera radical una realidad que, hasta ese momento, parecía completamente segura.
El fenómeno sucede y los personajes, antes que buscar una explicación, tienen que aprender a sobrevivir a la experiencia. Es una de las características más valiosas del cine de los ochenta: su capacidad para convertir lo extraordinario en parte de una realidad cotidiana sin necesidad de explicarlo todo.
Una casa convertida en parque de atracciones
Visualmente, la fotografía de Michael Gioulakis dota a la película de un dinamismo constante. Convierte la casa de los Platt en un auténtico patio de juegos cinematográfico. La cámara se mueve, corre y parece buscar constantemente el siguiente susto: travellings nerviosos, zooms rápidos y una puesta en escena que convierte cada habitación en territorio de caza para los dinosaurios.
Tampoco faltan los sobresaltos. La frenética partitura de Michael Giacchino y un diseño sonoro capaz de sacudirte como si un dinosaurio te hubiera rugido en la cara elevan buena parte de las escenas de tensión. Mitchell entiende que el suspense también puede ser divertido y que una película de dinosaurios no tiene por qué tomarse demasiado en serio para conseguir que el espectador salte de la butaca.
El director sabe cuándo dejar que el espectáculo se imponga y cuándo rebajarlo con una idea absurda, un gag visual o la aparición de una criatura que pone sus colmillos al servicio del pánico.

El espectáculo también puede ser pequeño
Mitchell recupera el espíritu de una época sin limitarse a copiarla. Hay dinosaurios, sustos, aventura, humor y nostalgia, pero también una mirada propia. Quizá esa sea su mayor virtud. En lugar de convertir la nostalgia en el objetivo, la utiliza como herramienta para construir algo nuevo: funciona como punto de partida, no como destino.
Es una película sencilla, divertida y con algunos sustos aterradores. Ojo a la desagradable, o bestial, elijan lo que prefieran, serpiente que se convierte por méritos propios en una de las grandes protagonistas de este peculiar espectáculo doméstico.
En definitiva, El final de Oak Street termina siendo más que un homenaje: un pequeño espectáculo con espíritu de blockbuster que nos recuerda que el espectador no necesita que se lo expliquen todo para disfrutar de una historia.
