Corazones en el umbral: fe, deseo y objetos malditos en la primera novela de Ramiro González
Ramiro González lleva más de una década colaborando en De Fan a Fan. Durante todo este tiempo he revisado y publicado muchos de sus textos, además de mantener con él bastantes conversaciones por teléfono. Curiosamente, todavía no nos conocemos en persona, pero después de tantos años uno termina haciéndose una idea (seguramente incompleta y algo sesgada) de cómo es alguien, de lo que le interesa y también de su forma de escribir.
Por eso me resultaba especialmente curioso enfrentarme a Corazones en el umbral, su primera novela publicada. No solo porque esta vez me correspondiera a mí reseñar una obra suya, sino porque sus primeras páginas me descubrieron a un Ramiro algo distinto al que estaba acostumbrado a leer.
La historia comienza con bastante acción. El padre Tomás Aldana, un sacerdote exorcista, trata de rescatar a un niño desaparecido y acaba enfrentándose a un brujo en una escena que, por momentos, se acerca más a un combate entre superhéroes que al exorcismo solemne que podríamos imaginar al hablar de sacerdotes, demonios y posesiones.
Ramiro nunca ha sido un consumidor básico de cultura popular y, aunque no lo definiría como el mayor friki del mundo, conozco bien su gusto por el cine comercial (y el cine en general), las grandes producciones y determinados referentes del fantástico. Todo eso termina encontrando su sitio en esta historia y mostrando, en cierta manera, las preferencias del autor.
Un sacerdote derrotado y un joven atrapado entre su fe y sus deseos
Tras aquel enfrentamiento inicial, el padre Tomás regresa a Roma derrotado. Ha sobrevivido al brujo, pero ha perdido buena parte de la seguridad con la que ejercía su labor. La existencia de fuerzas sobrenaturales parece incuestionable dentro de la novela, de modo que su crisis de fe puede resultar algo paradójica al principio. Sin embargo, no se trata tanto de que dude de la existencia de Dios como de que ha dejado de confiar en su silencio, en sus planes y en el sentido de aquello contra lo que lleva años luchando.
En la parroquia conoce a Gabriel, un joven de diecisiete años, creyente, sensible y con serios problemas para aceptar lo que siente. La novela no necesita anunciar abiertamente su homosexualidad. Va dejando que la descubramos a través de sus pensamientos, de su mirada hacia otros chicos y de la culpa con la que vive sus deseos.
Siempre me ha resultado difícil entender que una persona homosexual quiera seguir formando parte de una institución que históricamente la ha rechazado o ha pretendido decirle a quién puede amar. Pero la fe no siempre responde a una lógica sencilla. Puede formar parte de la identidad, de la educación recibida, de la familia o de la necesidad de sentir que se pertenece a algo. Ramiro utiliza esa contradicción para construir buena parte del conflicto de Gabriel sin reducirlo únicamente a su orientación sexual.
El problema es que el vínculo entre Gabriel y Tomás termina adquiriendo un componente romántico que probablemente será uno de los elementos más discutidos del libro. No solo porque se trate de dos hombres o porque uno de ellos sea sacerdote. Gabriel tiene diecisiete años y Tomás ocupa una posición de autoridad, experiencia y ascendencia espiritual sobre él. Aunque la historia no entre en terrenos especialmente explícitos, esa diferencia existe y es comprensible que provoque incomodidad más allá de cualquier prejuicio hacia una relación homosexual.
Ramiro consigue que la conexión emocional entre ambos resulte importante para la trama, pero creo que la novela podría haber profundizado más en ese desequilibrio. Su relación es también el punto débil que el brujo pretende explotar: utiliza a Gabriel para quebrar definitivamente la fe de Tomás, convirtiendo sus sentimientos en otra herramienta dentro de su venganza.

El terror entra por la pantalla
Las partes que más he disfrutado de Corazones en el umbral son las relacionadas con el brujo y con la manera en que se introduce en la vida de Gabriel.
En lugar de recurrir únicamente a conjuros, apariciones y recursos tradicionales, el antagonista aprovecha las nuevas tecnologías para llamar su atención, aislarlo y debilitarlo. No necesita poseerlo inmediatamente ni presentarse como una amenaza evidente. Primero altera su entorno, juega con sus inseguridades y lo empuja hacia un estado depresivo en el que resulta mucho más fácil manipularlo.
Ese proceso funciona porque conecta el terror sobrenatural con algo bastante reconocible. Las mismas herramientas que sirven para relacionarnos, buscar ayuda o encontrar personas con intereses parecidos también permiten entrar en la intimidad de alguien vulnerable. El brujo entiende bien esa puerta de acceso y la utiliza con bastante crueldad.
También regenta una tienda de regalos y objetos esotéricos desde la que va acercándose a diferentes personas del entorno de Gabriel. Los obsequia con objetos malditos que explotan sus deseos y debilidades hasta conducirlos a la desesperación, la posesión, la locura o incluso la muerte.
No es una idea nueva, pero está bien aprovechada y me hizo recordar Misterio para tres, aquella serie de finales de los ochenta que vimos en Telecinco durante los primeros años de la cadena. En ella, Micki y Ryan heredaban la tienda de antigüedades de su tío y descubrían que este había vendido numerosos objetos malditos. Junto a Jack Marshak, debían localizarlos y recuperarlos antes de que continuaran provocando desgracias.
Ramiro no reproduce aquella fórmula, pero la asociación apareció inmediatamente durante la lectura. Los objetos de Corazones en el umbral no son simples adornos terroríficos: cada uno ataca una debilidad concreta y permite que el mal vaya cercando a Gabriel sin necesidad de abalanzarse directamente sobre él.

Entre exorcismos y maratones de fantasía
La novela combina sus elementos religiosos y sobrenaturales con otros mucho más cotidianos. Hay conversaciones, encuentros en la parroquia y momentos de convivencia en los que los personajes se permiten hablar de sus aficiones.
El acercamiento entre Tomás y Gabriel se produce, en buena medida, durante un maratón de las trilogías de El Hobbit y El Señor de los Anillos. Ese detalle puede parecer una concesión al público aficionado a la fantasía, pero ayuda a humanizar a dos personajes que podrían haber quedado atrapados en sus respectivos papeles: el sacerdote atormentado y el adolescente vulnerable.
Es en esos momentos cuando mejor se percibe la experiencia de Ramiro como consumidor y comentarista de cultura popular. Las referencias no siempre están escondidas ni pretenden ser especialmente sofisticadas, pero forman parte natural de los personajes y permiten rebajar la intensidad entre posesiones, culpas religiosas y amenazas demoníacas.
También encontramos el Umbral que da título al libro, una dimensión o espacio sobrenatural en el que determinados personajes pueden proyectarse e interactuar de una forma cercana a lo astral. Ramiro construye alrededor de él una mitología con sus propias reglas, aunque en algunos pasajes exige que el lector se familiarice rápidamente con términos religiosos y fantásticos que no siempre se explican con la misma claridad.
Quien esté acostumbrado al género entrará en el juego sin demasiados problemas. Para un lector menos familiarizado con exorcismos, planos espirituales y jerarquías sobrenaturales, algunas partes pueden requerir algo más de atención.

Una novela que se lee mejor de lo que esperaba
Después de tantos años revisando los artículos de Ramiro, reconozco que esperaba encontrarme con algunas de sus costumbres habituales, como la de escribir párrafos enormes que después prefiero dividir… pero no ha sido así (y quizás sea yo quien esté cayendo en ello en esta ocasión XD).
Corazones en el umbral está bien escrita y mantiene un ritmo bastante ágil. No voy a presentarla como una revelación literaria, pero sí como una novela de entretenimiento que sabe avanzar, plantea imágenes potentes y no se vuelve pesada. Sus 288 páginas se leen con rapidez y, pese a la cantidad de conceptos que introduce, el hilo principal resulta fácil de seguir.
Tomás cuenta con un pasado, una derrota y una relación previa con el Umbral que ayudan a explicar su forma de actuar. Gabriel también está construido con más cuidado de lo que podría sugerir su papel inicial de joven en peligro. No es simplemente la víctima a la que el sacerdote debe salvar: sus decisiones, sus inseguridades y su necesidad de afecto sostienen buena parte de la historia.
El brujo, mientras permanece en las sombras y manipula el entorno, funciona igualmente bien. Es paciente, cruel y sabe detectar aquello que puede utilizar contra cada personaje. Para mí, pierde fuerza cuando la novela decide explicar demasiado sobre su pasado.
Un desenlace demasiado precipitado
En el tramo final, Ramiro intenta mostrar el origen del brujo y ofrecer una explicación para aquello en lo que se ha convertido. El personaje pasa de ser una presencia amenazante a protagonizar una historia marcada por la psicopatía, lo sobrenatural y cierta búsqueda de redención.
No necesitaba tanto.
Comprender a un villano no obliga a justificarlo y, en este caso, la explicación termina restándole parte del misterio que lo hacía atractivo. A ello se suma la aparición de fuerzas demoníacas y un giro final que pretende ampliar las dimensiones del conflicto, pero llega demasiado deprisa.
La novela había dedicado tiempo a rodear a Gabriel, deteriorar sus relaciones y debilitar la fe de Tomás. Frente a esa construcción paciente, la resolución acumula revelaciones y decisiones en pocas páginas. El desenlace funciona en términos argumentales, pero no tiene el espacio necesario para que todo lo que plantea termine de asentarse.
Es la parte que menos me ha convencido. No arruina la lectura ni invalida lo anterior, aunque deja la sensación de que la historia necesitaba respirar un poco más antes de cerrar sus principales conflictos.

¿Merece la pena acercarse a Corazones en el umbral?
Publicar una primera novela nunca es sencillo. Tampoco lo es abrirse camino en un mercado saturado de novedades, grandes campañas promocionales y autores con mucha mayor visibilidad. Corazones en el umbral probablemente tendrá que pelear bastante para encontrar a sus lectores, pero cuenta con elementos suficientes para conectar con aficionados al terror sobrenatural, los exorcismos, la fantasía urbana y las historias en las que la fe se pone a prueba.
Tiene defectos. La relación entre Tomás y Gabriel requería un tratamiento más atento por la edad del joven y por la posición que ocupa el sacerdote. Parte de la terminología puede levantar una barrera para algunos lectores y el desenlace parece más apresurado que el resto de la novela.
A cambio, ofrece una historia entretenida, personajes con conflictos reconocibles y varias ideas (la manipulación digital, la tienda esotérica y los objetos malditos) que Ramiro sabe aprovechar. Se lee rápido, no se hace pesada y puede despertar curiosidad por temas y géneros que algunos lectores quizá no se habrían planteado explorar.
Después de tantos años publicando sus textos en De Fan a Fan, me alegra descubrir que Ramiro es capaz de sostener una novela y llevarla hasta el final. Eso no convierte automáticamente Corazones en el umbral en una obra maestra, pero tampoco necesita serlo.
A veces, conseguir que alguien abra un libro, disfrute durante unas horas y tenga ganas de seguir leyendo ya es una victoria bastante digna.
