Yo, traductor: aprender, reírse y reconocer a quienes traducen nuestra cultura
He terminado Yo, traductor con la sensación de haber aprendido un montón sobre una profesión a la que rara vez prestamos suficiente atención. Y me lo he pasado muy bien haciéndolo. Tiene mérito, porque aquí se habla de documentación, condiciones laborales, subtítulos, doblaje y unas cuantas cuestiones que podrían dar para una charla bastante espesa. Javier Pérez Alarcón y Raúl Salazar consiguen convertir todo eso en un cómic divertido, lleno de referencias y con una reivindicación muy clara: los traductores también son autores y su trabajo merece que lo conozcamos mejor.
Publicado por Fandogamia, el cómic me ha parecido un ejemplo estupendo de cómo aprovechar este medio para divulgar. Aporta muchísima información, tiene cosas que denunciar y encuentra la manera de contártelas sin que la lectura se convierta en una obligación. Al contrario, entre una explicación y otra hay suficientes bromas, homenajes y detalles como para que apetezca seguir.
Javier Pérez Alarcón tiene mucho que declarar
El protagonista es el propio Javier Pérez Alarcón, convertido en personaje de una aventura que arranca cuando una mujer llegada del futuro se presenta en su casa. Necesitan su testimonio en un juicio para decidir qué hacer con la inteligencia artificial. Y él, poco acostumbrado a que se muestre tanto interés y respeto por los traductores, se emociona ante la posibilidad de aportar su granito de arena.
Ese entusiasmo tiene bastante gracia durante la lectura. Javier habla por los codos, está encantado de que alguien lo escuche y aprovecha para explicar cuanto puede sobre su profesión. Su experiencia alimenta la historia, aunque el viaje en el tiempo nos sitúe de lleno en la ficción.
El destino es el año 3042, pero el panorama le resulta bastante menos avanzado de lo que esperaba. En lugar de un páramo a lo Mad Max, encuentra una sociedad estancada, con tan poca novedad que apenas le parece haber viajado unas décadas. La IA empezó a retroalimentarse y todo acabó pareciéndose demasiado: la cultura, los mensajes de los carteles y hasta los insultos que la gente es capaz de dedicarse.

La razón por la que se plantea el juicio después de tantos siglos también tiene su guasa. Los conglomerados empresariales han descubierto que la gente ya no compra. Como todo es lo mismo de siempre, ha perdido el interés. Así que toca buscar alguna novedad que permita volver a vender y seguir haciendo caja. El entusiasmo por cambiar las cosas llega hasta donde llega el negocio.
Con ese punto de partida, el cómic tiene bastante terreno para la sátira antes incluso de entrar en el tribunal.
Todo lo que hay detrás de una traducción
El juicio permite poner sobre la mesa las preguntas que articulan buena parte de la obra. En qué consiste traducir, qué decisiones exige, qué diferencia hay entre ese trabajo y el doblaje o por qué conocer dos idiomas no resuelve, por sí solo, todo lo que puede aparecer en un encargo.
Las intervenciones del fiscal y del juez dan pie a explicaciones, réplicas y bromas, con ese punto de desesperación ante la enésima pregunta de cuñado que ayuda bastante a darle ritmo. Por momentos funciona como unas preguntas frecuentes convertidas en comedia judicial. Y funciona muy bien, especialmente con un protagonista tan dispuesto a tirar del hilo.
Una de las cosas que más me ha interesado es cómo muestra la necesidad de documentarse y aprender constantemente. Traducir implica conocer contextos, investigar referencias culturales y valorar detalles que pueden cambiar el sentido de una frase. Hay decisiones detrás de palabras que recibimos sin detenernos a pensar demasiado en cómo han llegado hasta ahí. Incluso los tacos tienen su importancia y su espacio en estas explicaciones, con todo el juego que eso permite.
Un caso que creo que habría encajado muy bien en el cómic es el de Hodor en Juego de tronos. Sin entrar en lo que ocurre en esa escena de la serie, el juego entre «hold the door» y su nombre planteaba un problema tremendo al trasladarlo a otros idiomas. En castellano se recurrió a «aguanta el portón», pero la relación entre las palabras no se conservaba igual. Es un ejemplo muy conocido que habría dado bastante juego para explicar hasta qué punto una decisión de guion puede poner contra las cuerdas a quien traduce. Y también para recordar que, cuando algo pierde sentido en otro idioma, conviene pensar en la dificultad del encargo antes de cargar contra el profesional.
El cómic también aclara la relación entre traducción, doblaje y subtitulado. El traductor y el actor de doblaje realizan trabajos distintos, aunque desde fuera se mezclen sus responsabilidades con mucha facilidad. Entender qué hace cada uno permite apreciar mejor el proceso y también repartir las críticas con algo más de criterio.
También aborda una queja muy habitual entre aficionados al cine: los títulos que poco tienen que ver con el original. El cómic señala que esas decisiones corresponden a marketing, aunque las críticas se las lleven los traductores. Otro ejemplo de lo fácil que resulta protestar sin saber quién ha decidido qué.

Además, aparecen numerosos profesionales asociados a proyectos concretos. Yo conocía poco de ese mundillo y me ha gustado encontrar nombres y trayectorias detrás de un trabajo que suele pasar desapercibido. Esa voluntad de dar visibilidad se extiende a las asociaciones, las reivindicaciones del sector y las notas a pie de página, que añaden información por si quieres profundizar o incluso te planteas dedicarte a esto.
La cantidad de información es considerable. Lo que me ha sorprendido es lo poco que pesa durante la lectura.
La IA, las tarifas y el trabajo que alguien tiene que hacer
Yo, traductor tiene una postura muy crítica con la inteligencia artificial. La plantea de forma abierta y, a mi juicio, la argumenta bien a través de situaciones concretas del oficio.
Una de las más reveladoras es la posedición, un término que también aparece en el cómic y en el que merece la pena detenerse un momento: consiste en revisar y corregir una traducción generada automáticamente. Al profesional le llega un material supuestamente adelantado que debe leer, comprobar y ajustar para que diga lo que debe y tenga sentido en el idioma de destino.
Según denuncia la obra, ese trabajo puede exigir rehacer buena parte de lo recibido. La presunta ayuda sirve entonces para justificar una remuneración menor, aunque enfrentarse a ese texto termine dando más trabajo. Se paga como si lo difícil ya estuviera resuelto, mientras la responsabilidad de detectar los errores y conseguir una traducción válida sigue recayendo en el profesional.
Esa denuncia me resulta fácil de conectar con lo que ocurre en otros sectores: cada vez se pide más, se aprietan las tarifas y el ahorro beneficia a quienes contratan mientras el profesional tiene que justificar lo que cobra. El cómic habla desde la traducción, pero esa sensación de que tu experiencia vale cada vez menos en las cuentas de otros resulta bastante reconocible.

La ficción del futuro amplía la crítica hacia una sociedad que ha perdido variedad, curiosidad y capacidad para ofrecer algo distinto. También hay pullas a esa costumbre de meter toda creación en el saco de los «contenidos». En ese mundo, la uniformidad ha terminado afectando tanto a lo que se produce como a la forma en que las personas se expresan.
Y el interés empresarial por resolverlo añade otra capa de mala leche. El problema llevaba siglos ahí, pero la urgencia aparece cuando deja de salir rentable. El cómic aprovecha esa contradicción sin perder el humor ni apartarse demasiado de las personas y los trabajos que quiere reivindicar.
Un futuro azul y un presente lleno de color
Raúl Salazar tiene bastante responsabilidad en que todas estas explicaciones se lean con tanta facilidad. La caricatura y la expresividad encajan con un Javier locuaz, emocionado ante la oportunidad de hacerse escuchar y con respuesta para casi todo. Las reacciones de los personajes y las bromas visuales mantienen vivo un juicio en el que hay mucho que contar.
Además, el color cumple una función que merece destacarse. Las escenas del futuro se presentan fundamentalmente en tonos azules, mientras que la actualidad, los recuerdos del traductor y las referencias que introduce durante su declaración despliegan una paleta más variada. Ese contraste refuerza visualmente la monotonía de 3042 y la variedad de aquello que Javier va explicando.
Me ha parecido un recurso muy acertado, porque acompaña el argumento desde el propio dibujo. La diferencia entre ambos mundos se aprecia en las páginas mientras avanza la conversación.

También hay mucho cariño por el cine, las series y los cómics. Las referencias y los homenajes añaden pequeños alicientes para quien disfruta reconociéndolos, sin que sea necesario pillarlos todos para seguir la lectura. A eso se suman las pullas al sector editorial y los guiños a las polémicas de la propia Fandogamia. Hay bastantes detalles que prefiero dejarte descubrir, porque parte de la diversión está en encontrártelos.
Puedes estar riéndote de una réplica y, unas viñetas después, descubrir una dificultad del oficio en la que nunca habías pensado. Mantener ese equilibrio durante toda la lectura me parece uno de sus mayores aciertos.
Una lectura muy recomendable si te interesa cómo se hace lo que consumes
El tema condiciona a quién puede atraerle Yo, traductor. Si te acercas buscando una aventura de ciencia ficción o una parodia de Yo, robot por el juego del título, conviene saber que el juicio y el viaje al futuro están al servicio de la divulgación y la sátira. La traducción ocupa el centro de la obra y hay que tener cierta curiosidad por ella.
Ahora bien, tampoco necesitas conocer previamente el sector. Yo sabía poco de sus profesionales y he disfrutado mucho descubriendo sus tareas, sus problemas y la cantidad de cosas que deben tener en cuenta. Si te interesa cómo llegan hasta nosotros las películas y las series que vemos, aquí tienes bastante que aprender y con lo que reírte.
Ya había disfrutado de otros cómics divulgativos sobre asuntos como la historia de la cerveza, y esta lectura vuelve a recordarme lo bien que puede funcionar el formato para acercarte a un tema al que quizá no dedicarías un ensayo entero. Yo, traductor me ha parecido una obra muy completa, instructiva y especialmente amena. Javier encuentra a alguien dispuesto a escucharlo y, al menos en mi caso, consigue que siga haciéndolo con interés hasta el final. Entre risas, me ha dado bastantes motivos para valorar más su profesión.
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