Wildwood (El bosque salvaje): el stop-motion alcanza la cima de la imaginación
Siete años han pasado desde el estreno de la última película de LAIKA, aquella Mr. Link. El origen perdido que en 2019 nos dejó un sabor de boca tan agridulce como el de un postre magníficamente presentado al que, por alguna razón, se le ha olvidado el ingrediente principal.
LAIKA regresa con Wildwood (El bosque salvaje), su película más ambiciosa y sólida hasta la fecha, con un nivel de plasticidad visual arrollador. Una producción que lleva su particular artesanía hasta unas cotas de excelencia difíciles de imaginar. Solo por su acabado técnico ya merece la pena disfrutarla en una sala de cine.
Wildwood: una proeza técnica al servicio del cine
La cinta es una auténtica obra de arte audiovisual gracias a la incorporación de la animación 3D como complemento del stop-motion. Una combinación que impregna buena parte del metraje y permite levantar escenarios imposibles, paisajes que parecen prolongarse hasta el infinito y desafiar cualquier límite físico. También hace posibles unas expresiones faciales y una gestualidad que habrían hecho palidecer al mismísimo Jack Skellington. Lo que en Pesadilla antes de Navidad era una proeza artesanal, aquí parece haber encontrado la piedra filosofal del stop-motion.
Lo verdaderamente admirable, sin embargo, es que esta convivencia entre lo artesanal y lo digital nunca se convierte en un alarde gratuito. Ambas técnicas se funden bajo una misma concepción artística y estética, hasta alcanzar una uniformidad visual tan depurada que cuesta distinguir dónde termina una y empieza la otra. No hay costuras a la vista ni esa incómoda sensación de estar contemplando dos mundos obligados a convivir. Todo forma parte de un mismo universo, tan orgánico como fascinante.

También ayuda un guion firme y consistente, capaz de guiar la acción y a los personajes sin perder de vista esa mecánica artesanal que da vida y alimenta la magia de la película. Porque si algo distingue a Wildwood es la asombrosa armonía de un conjunto en el que cada elemento parece responder a un mismo latido. Es cine concebido con una claridad de ideas poco habitual, donde la ambición nunca se impone al relato y cada elemento encuentra su lugar.
Travis Knight y una película de animación sin complejos
Es evidente que Travis Knight y su equipo saben perfectamente qué película quieren hacer y, sobre todo, cómo quieren hacerla. Se percibe en cada plano, en cada movimiento y en cada decisión narrativa. Todo rema en una misma dirección, todo suma, todo tiene su razón de ser. Narrativamente no inventa nada que no hayamos visto antes, pero sabe sacar un magnífico partido a su propia mitología y construir sobre ella un relato que cumple sobradamente las expectativas.
Wildwood (El bosque salvaje) no permite que su condición de película de animación la encasille ni la defina. Hace del stop-motion un territorio sin fronteras, y demuestra que la artesanía de LAIKA puede mirar de tú a tú al CGI de Pixar. Porque el stop-motion no es aquí una jaula de la que escapar, sino un lienzo sobre el que LAIKA despliega toda su imaginación, fotograma a fotograma.
Hay algo que el espectador debe tener en cuenta: no es una película para niños pequeños. Un halo de tragedia inunda sus secuencias y la sitúa en un terreno más cercano al público adulto y a los jóvenes con cierta experiencia vital. El duelo y la pérdida son los motores de la historia. Ambos temas se abordan con madurez y objetividad, aunque su tratamiento alcanza en determinados momentos una dureza emocional que traspasa la pantalla y una aspereza visual que encoge el corazón.

Basta con fijarse en la secuencia inicial de la película, marcada por un suicidio que deja helado al espectador y despierta la curiosidad latente por saber cómo continúa la historia. Toda una declaración de intenciones que anticipa la naturaleza de Wildwood: una fábula oscura, de aristas afiladas y crudeza sin anestesia, que se aleja de ese optimismo de confitería al que tantas veces nos ha acostumbrado Disney.
Toda la cinta está repleta de sombras que acechan dispuestas a devorar las emociones del espectador. No hay promesas de que todo saldrá bien ni almíbar para endulzar las heridas. Una fantasía que muestra los dientes en un mundo inquietante, tan real como la vida: un bosque salvaje tan fascinante como convulso.
Violencia, épica y emociones sin filtros
En Wildwood hay violencia, algo de sangre y una tensión que crece progresivamente, sin necesidad de recurrir a toscos paréntesis cómicos. Apenas hay concesiones para aliviar la intensidad de un relato que desemboca en una imponente secuencia de batalla, cruda, dura y extenuante. Se agradece que todo se aborde con una seriedad y una honestidad poco habituales en el cine de animación, hasta el punto de que uno termina olvidándose de que sus protagonistas son muñecos: lo que sienten, padecen y arriesgan resulta tan auténtico como si estuvieran hechos de carne y hueso.
Uno de los grandes aciertos de Wildwood está en la claridad con la que construye emocionalmente a sus personajes. Sus motivaciones están definidas, sus decisiones tienen peso y sus actos acarrean consecuencias. Su antagonista, por ejemplo, es una mujer marcada por la pérdida de un hijo. Entendemos su dolor, sus actos y su rabia, pero la historia se limita a mostrarnos sus heridas y deja que seamos nosotros quienes extraigamos nuestras propias conclusiones.

Algo parecido sucede con las decisiones de los padres y el pacto que llegan a establecer. Lejos de ser un mero recurso para hacer avanzar la trama, estas elecciones ensanchan el corazón del relato y le otorgan una dimensión profundamente humana. Hay en ellas contradicciones, sacrificios y sentimientos reconocibles que trascienden el propio universo fantástico de la historia.
Sus grandes temas son el coraje, la pérdida y la soledad, que se despliegan con una naturalidad que nunca fuerza el relato ni interrumpe su pulso narrativo. Entre ellos destaca el inevitable tránsito hacia la edad adulta, que conecta a todos los personajes con ese aroma de la mejor tradición de la literatura fantástica, con La historia interminable, de Michael Ende, como referente espiritual.
Porque, bajo su exuberante envoltorio visual, Wildwood es también una historia sobre el ocaso de la inocencia: ese delicado instante en el que la infancia comienza a desdibujarse y descubrimos que hacerse adulto consiste, en buena medida, en aprender a construir nuestro propio camino con los fragmentos de todo aquello que hemos tenido que dejar atrás.
La acompaña una espléndida banda sonora que sabe encontrar el tono adecuado en cada momento: subraya con sensibilidad los pasajes más dramáticos, imprime energía a las secuencias más trepidantes (atentos al viaje huyendo de los cuervos montado en un águila), y despliega toda su fuerza en una batalla final que logra tocar todas las teclas de la épica. Una partitura que no se limita a acompañar las imágenes, sino que las impulsa, las engrandece y termina por erizarnos la piel.

En definitiva
Wildwood no parece una película diseñada para satisfacer expectativas ajenas ni condicionada por las tendencias del momento. Es, sencillamente, la película que quiere ser… y el resultado es extraordinario.
Un relato épico que no necesita edulcorar la realidad o proteger al público de cuestiones tan inherentes a la vida como la muerte, la violencia o la guerra. Una historia profundamente humana que rehúye los subrayados innecesarios y no teme adentrarse en las zonas más sombrías de su universo.
Lo hace, además, con una sencillez narrativa que contrasta admirablemente con la exuberancia de su envoltorio visual. Una historia clara, firme y robusta, sostenida por un despliegue artesanal de auténtico lujo. Porque la espectacularidad no está reñida con la claridad, ni la ambición necesita convertirse en confusión para parecer importante.
Wildwood reúne méritos más que suficientes para convertirse en una de las grandes películas de animación del año. Su ambición narrativa, su desbordante imaginación y una personalidad visual que lleva el stop-motion a cotas extraordinarias, la convierten en una firme candidata a ocupar un lugar entre los clásicos modernos del cine fantástico.
Solo cabe desear que LAIKA (responsables también de Paranorman, Coraline, Kubo y Los Boxtroll) siga encontrando la libertad, el talento y los recursos necesarios para continuar ensanchando los límites de su imaginación. Porque hay películas que hay que disfrutar en la oscuridad de una sala, con el silencio cómplice del patio de butacas y una pantalla grande en la que dejarse devorar por la magia del cine.
