Beata y Calisto, Abogados de Cristo: cuando la sátira casi no necesita exagerar
Con Beata y Calisto, Abogados de Cristo tenía bastante claro a lo que venía. Fandogamia no suele esconderse cuando publica este tipo de gamberradas y, en este caso, el título ya deja poco margen para la duda: aquí se viene a repartir sátira, mala leche y unas cuantas collejas a esa costumbre tan española de llevar a los tribunales cualquier chiste que no encaje con la visión del mundo de determinados sectores.
El cuaderno, firmado por Igor e Ivanper, se mueve en un terreno muy reconocible para cualquiera que haya leído El Jueves: historietas cortas, actualidad deformada, ritmo rápido y una idea muy sencilla llevada hasta el absurdo. Beata y Calisto son, básicamente, los abogados de Cristo. O eso dicen ellos. Dios les encarga misiones cada vez que algo le escandaliza desde las alturas y ellos bajan al mundo terrenal dispuestos a arreglarlo todo… aunque lo de ejercer como abogados, en realidad, parece lo de menos.

Una parodia que vive de titulares muy reales
Lo más divertido de Beata y Calisto, Abogados de Cristo es que casi no necesita exagerar demasiado la realidad para funcionar. El cómic juega con polémicas reconocibles: denuncias contra publicaciones satíricas, escándalos montados alrededor de carteles religiosos, ataques a obras que algunos prefieren no entender y esa sensación de que hay gente esperando con el dedo sobre el botón de “denunciar” antes incluso de haber terminado de mirar una viñeta.
Cada historia ocupa apenas un par de páginas y va directa al grano. Dios ve algo que no le gusta, llama a sus dos defensores de la fe y estos se lanzan a la misión con más entusiasmo que sentido común. El resultado es una sucesión de gags rápidos, bastante cafres y muy apoyados en esa idea de que, en ocasiones, la sátira solo tiene que ordenar un poco la hemeroteca para parecer disparatada.
Ahí el cómic acierta. No se pone solemne, no convierte la broma en manifiesto y tampoco pretende dar una lección larga sobre libertad de expresión. Se ríe, señala y pasa al siguiente golpe. Y, la verdad, se agradece que un tebeo de este tipo tenga tan claro lo que quiere ser.

Humor rápido, mala baba y dibujo al servicio del gag
El apartado gráfico encaja muy bien con el tono. El dibujo es caricaturesco, expresivo y con ese aire de tebeo popular que le viene de maravilla a la propuesta. Los personajes están pensados para funcionar en la exageración: caras deformadas, gestos muy marcados, cuerpos elásticos y una composición que busca que el chiste entre rápido.
No estamos ante un cómic que quiera recrearse en la viñeta bonita ni en el detalle de fondo. Aquí lo importante es el ritmo, el remate y la capacidad de que una mirada, una pose o un golpe visual terminen de empujar la broma. Y en ese sentido funciona bastante bien.
Además, el formato le favorece. Son 24 páginas a color, grapadas, de lectura muy ágil. Se lee en un suspiro, pero deja varias carcajadas por el camino, sobre todo si se está mínimamente al día de las polémicas que está parodiando.

Una lectura corta, cafre y muy de Fandogamia
Como punto débil, diría que Beata y Calisto, Abogados de Cristo depende mucho del contexto. Quien no conozca los casos que se están parodiando puede disfrutar del tono absurdo, sí, pero seguramente no le sacará todo el jugo. También es cierto que su fórmula es bastante clara desde el principio: encargo celestial, misión disparatada, caos y remate… al mas puro estilo Mortadelo y Filemón… con más caspa. Si el humor entra, perfecto. Si no entra, el cuaderno no va a hacer demasiados esfuerzos por convencerte.
Pero tampoco creo que eso sea un gran problema. Este cómic sabe exactamente qué es: una pieza satírica breve, gamberra y muy pegada a la actualidad. No busca profundidad ni sutileza. Busca reírse de una realidad que, muchas veces, ya viene bastante ridícula de serie.
Beata y Calisto, Abogados de Cristo me ha hecho reír bastante. Es rápido, tiene mala leche y funciona especialmente bien como desahogo frente a esa tendencia a convertir cualquier viñeta, cartel o broma en una ofensa judicializable. Una lectura pequeña en formato, pero con el colmillo bien afilado.
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