Dawnrunner, de Ram V, Evan Cagle y Cía. [RESEÑA]
Dawnrunner es uno de esos cómics que, nada más tenerlo entre las manos, deja claro que aquí hay una apuesta fuerte. Formato enorme, presencia física contundente y un apartado gráfico que entra directo por los ojos. Es metal, ruido y espectáculo desde la portada.
La obra, publicada por Norma Editorial, está firmada por Ram V, Evan Cagle y Cía., y eso se nota especialmente en la ambición del proyecto y en el peso que adquiere el apartado visual. Gráficamente, Dawnrunner es brutal. El diseño de los mechas / robots gigantes —los llamados Reyes de Hierro (RH)— se aleja del anime clásico y se acerca más a referentes como Evangelion o Pacific Rim, con estructuras más orgánicas, pesadas y amenazantes. El uso de rótulos, la composición de las páginas y la sensación constante de escala funcionan realmente bien y refuerzan esa idea de espectáculo gigantesco.
A nivel de planteamiento, las comparaciones con Pacific Rim son inevitables, pero Dawnrunner se separa pronto de ese modelo. Aquí no hay dos pilotos sincronizándose en una “deriva”: cada Rey de Hierro es pilotado por una sola persona. En el caso del RH Dawnrunner —el que da nombre a la obra—, la conexión se realiza mediante una nueva interfaz basada en un volcado mental de un soldado fallecido, alguien que buscaba a su familia durante un ataque de tetzas (los kaijus de esta historia).

Ese punto es, sin duda, uno de los elementos más interesantes del cómic. La relación mental que se establece entre ambas conciencias deriva poco a poco en algo inquietante y complejo, y conecta directamente con el conflicto personal de la protagonista, Anita Marr, una piloto marcada por la enfermedad de su hija y por las decisiones que se ve obligada a tomar.
La obra también pone el foco en el lado más sucio del sistema que rodea a estos combates. El líder de la empresa responsable de Dawnrunner manipula los enfrentamientos entre Reyes de Hierro y tetzas como si fueran un circo romano moderno, alterando el espectáculo para maximizar beneficios y audiencia. No se trata tanto de convertir la guerra en entretenimiento —el giro final cambia bastante esa lectura— como de mostrar cómo cualquier conflicto termina generando riqueza para unos pocos, mientras otros cargan con el dolor, las pérdidas y las consecuencias.
Y aquí es donde, al menos en mi caso, la obra empieza a flojear.

Pese a lo potente de sus ideas y a la solidez de algunos personajes, la historia no me terminó de enganchar. Los combates, paradójicamente, resultan confusos, difíciles de seguir, y no siempre transmiten con claridad lo que está ocurriendo en escena. En más de un momento, el cómic resulta más interesante cuando se detiene a explorar sus conflictos humanos y morales que cuando entra de lleno en la acción.
Eso no convierte a Dawnrunner en un mal cómic. Ni mucho menos. Tiene discurso, personajes bien planteados y un apartado gráfico espectacular. Pero su aceptación dependerá mucho de la capacidad del lector para conectar con su historia y con Anita Marr, porque visualmente promete mucho más de lo que, narrativamente, termina ofreciendo.
Una lástima, porque, la verdad, Dawnrunner, ha sido una obra que me ha resultaba realmente atractiva desde el primer momento en que lo vi. ¿Chasco debido al hype? Puede ser… o simplemente, es un cómic que impresiona más cuando lo miras que cuando profundizas en él.

