¡Astrid!, de Arkaitz González: crecer también significa dejar espacio
Lo primero que pensé al terminar ¡Astrid! es que no me extraña que haya ganado el premio a Mejor Cómic Infantil en Cómic Barcelona 2026. Arkaitz González ha creado una obra bonita, agradable también como objeto y muy fácil de leer, pero eso no significa que sea superficial. Debajo de su apariencia sencilla hay varios conflictos sobre la familia, el miedo al rechazo y lo complicado que puede resultar dejar espacio para que las personas que queremos crezcan.
No creo que estemos ante uno de esos cómics que vayan a recomendarse durante generaciones ni hace falta presentarlo como tal. Sin embargo, sí me parece una lectura estupenda para público juvenil y no desentonaría en la biblioteca de un colegio. Cuenta cosas importantes con naturalidad, sin discursos metidos con calzador y sin tratar a sus lectores como si no fueran capaces de entenderlas.
Una nueva vida para Astrid y su familia
Astrid, su hermano Marco y sus madres, Eva y Bárbara, acaban de mudarse a un nuevo barrio. Entre cajas todavía por abrir, nuevos trabajos y amistades que empiezan a aparecer, Arkaitz González nos va presentando su día a día y los pequeños conflictos que complicarán esta nueva etapa.
Astrid y Marco fueron adoptados. No comparten sangre, pero eso no convierte su relación en algo menos real. Ella lleva años protegiéndolo y ha hecho todo lo posible para permanecer a su lado. El problema es que esa protección se ha prolongado hasta el punto de que Marco duerme con ella y depende demasiado de su hermana.

La llegada de Lý, una chica del barrio con la que Astrid entabla amistad, empieza a cambiar esa dinámica. Gracias a ella, Marco se relaciona con otros niños y da algunos pasos hacia su propia independencia. Uno de los momentos más bonitos del cómic llega cuando Astrid transforma simbólicamente su protección en una especie de escudo invisible para que su hermano pueda dormir solo. No deja de cuidarlo, pero comienza a entender que querer a alguien también implica permitirle avanzar sin estar siempre encima.
El miedo a perder a quienes queremos
La amistad entre Astrid y Lý también plantea otro conflicto. Lý siente algo más por ella, mientras que Astrid nunca se había cuestionado su atracción por los chicos. La protagonista debe descubrir qué siente realmente y cómo responder sin engañarse, pero también teme que cualquier decisión pueda acabar con una amistad que ya es importante para ella.
En paralelo, una de sus madres empieza a colaborar dando clases de refuerzo en una parroquia. La otra consigue participar en una representación teatral vinculada al mismo entorno. El miedo a cómo pueden reaccionar quienes las rodean provoca que su relación se mantenga oculta y eso acaba generando tensiones dentro de la familia.

Las dos tramas hablan, en el fondo, de algo parecido. Astrid no sabe cómo actuar porque teme perder a Lý. Su madre esconde una parte de su vida porque teme las consecuencias de mostrarse como es. Incluso la sobreprotección de Marco nace del miedo a que pueda pasarle algo. ¡Astrid! enseña que esos temores son comprensibles, pero también que dejar que decidan por nosotros puede hacer daño a las personas que pretendemos proteger.
Diversidad sin convertirla en un sermón
Seguro que habrá quien despache el cómic con la etiqueta de “woke” en cuanto vea una familia formada por dos madres, una amistad entre dos chicas o un conflicto relacionado con la Iglesia. Yo no he encontrado ningún intento de adoctrinar ni de imponer una orientación sexual a nadie. Lo que aparece es una familia que se quiere, trabaja, discute, se equivoca y trata de salir adelante.
Eva y Bárbara no necesitan justificar constantemente que son las madres de Astrid y Marco. Su familia simplemente existe, como existen muchas otras. La obra tampoco fuerza a Astrid a sentir algo que no siente ni convierte sus dudas en una lección ideológica. Le permite averiguar qué quiere y actuar en consecuencia, aunque hacerlo pueda resultar incómodo.
Ese tratamiento natural es uno de los mayores aciertos de un cómic que habla de adopción, diversidad familiar, primeros sentimientos y prejuicios sin convertir cada página en una explicación. Los personajes viven esas situaciones y el lector puede sacar sus propias conclusiones.

Un dibujo amable para una lectura familiar
Arkaitz González, que ya había publicado como autor completo El Metall del Desert, se ocupa aquí tanto del guion como del dibujo. Su estilo es sencillo, colorido y expresivo, muy adecuado para el público al que se dirige la obra. Los personajes transmiten con claridad lo que sienten y el ritmo permite que las distintas tramas avancen sin que ninguna resulte pesada.
También ayuda que el cómic no necesite recurrir a elementos fantásticos ni a grandes acontecimientos. Todo nace de situaciones reconocibles: una mudanza, una nueva amistad, el deseo de encajar, una afición, un trabajo o una conversación familiar que se ha ido aplazando demasiado.
¿Merece la pena leer ¡Astrid!?
¡Astrid! es un cómic juvenil bonito, cercano y fácil de recomendar. No pretende revolucionar el medio y tampoco lo necesita. Su mérito está en presentar distintos modelos de familia y varios conflictos cotidianos con una naturalidad que todavía parece molestar a cierta gente.
Puede funcionar muy bien para lectores jóvenes, pero no es una obra exclusiva para ellos. Los adultos también reconocerán el miedo al juicio ajeno, la tendencia a proteger demasiado a quienes queremos o las dificultades para aceptar que crecer implica tomar decisiones propias.
Una lectura amable y familiar que habla de diversidad sin dar lecciones desde un púlpito. Aunque, curiosamente, uno de sus conflictos empiece precisamente cerca de uno.
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