Voy a partirle la cara a mi jefe: cuando plantarse implica subir al octógono
Como autónomo, si quisiera partirle la cara a mi jefe tendría un problema logístico bastante serio. Más allá de la broma, cualquiera que haya trabajado a las órdenes de otra persona se habrá encontrado alguna vez con un superior que confunde dirigir con humillar. Quizás no hasta el extremo que plantea este cómic, pero el título conecta rápidamente con una fantasía que más de uno habrá tenido durante un mal día de trabajo.
En mi caso había otro elemento que despertaba mi curiosidad. Durante casi tres años practiqué Krav Maga, una disciplina de defensa personal que combina recursos procedentes de distintas artes marciales. No soy ningún experto ni podría subirme mañana a un octógono, pero esa experiencia me permitía acercarme con algo más de criterio a una historia en la que el jiu-jitsu brasileño y las MMA tienen bastante peso.
Con semejante título, lo fácil habría sido montar una fantasía de venganza y tirar millas. Abel Alves y José Ángel Ares prefieren utilizar el combate para hablar de todo lo que ha llevado a Elena hasta ese punto.
Un jefe al que resulta fácil odiar
Elena tiene cuarenta años, trabaja en una oficina y soporta a uno de esos jefes que parecen diseñados para comprobar hasta dónde puede aguantar una persona antes de estallar. Es el hijo del dueño, disfruta dejando claro quién manda y ha convertido las burlas, los desprecios y las humillaciones en parte de la jornada laboral.
Marcharse tampoco parece una opción. Su pareja está desempleada, las facturas siguen llegando y Elena se encuentra atrapada en esa situación tan habitual en la que conservar un trabajo desagradable parece menos peligroso que quedarse sin ninguno.
Todo cambia después de un incidente que la coloca contra las cuerdas. Su jefe, deseoso de devolverle la jugada y convencido de su propia superioridad, le propone resolver sus diferencias dentro de un octógono y siguiendo las reglas de las MMA.

La propuesta del octógono no hay quien se la crea fuera de un cómic. Lo que sí resulta reconocible es todo lo que lleva a Elena hasta allí: el abuso de poder, el miedo a perder el empleo, los compañeros que miran desde la barrera y una trabajadora que lleva demasiado tiempo tragando.
Tres meses no hacen milagros
Elena decide buscar a alguien que la prepare y termina encontrando una entrenadora bastante inesperada: Berta, una joven estudiante de antropología con años de experiencia en karate, jiu-jitsu y otras disciplinas.
Entre ambas hay una diferencia de edad importante, pero su relación no cae en la típica historia de la maestra infalible y la alumna que aprende a pelear en cuatro tardes. La entrenadora deja las cosas claras desde el principio. Por experiencia, tamaño, peso y condición física, Elena lo tiene muy difícil. Lo más probable es que pierda y el objetivo real no consiste en convertirla mágicamente en una campeona, sino en maximizar sus posibilidades y evitar que la destrocen.
Eso hace que el entrenamiento resulte más creíble de lo habitual. Existe cierto montaje de superación, porque tampoco vamos a renunciar a todos los placeres del género, pero tres meses siguen siendo tres meses. Hay trabajo físico, dieta, agotamiento y una selección muy concreta de técnicas que puedan resultarle útiles.
El planteamiento inicial de enfrentar jiu-jitsu brasileño contra MMA puede resultar algo extraño. El jiu-jitsu se centra especialmente en agarres, controles, llaves y trabajo en el suelo, mientras que las artes marciales mixtas incorporan también golpeo, derribos y recursos de distintas disciplinas. El propio cómic termina reconociendo esa limitación e introduce preparación adicional para mejorar la esquiva y el combate de pie.
Alves y Ares parecen haberse documentado y, sobre todo, entienden que Elena no tiene tiempo para aprender de todo. Debe trabajar con unas pocas herramientas que pueda utilizar cuando llegue el momento.

Krav Maga, MMA y la diferencia entre defenderse y competir
Mi experiencia con el Krav Maga también me hizo mirar esta parte con cierta curiosidad. En las clases que practiqué había técnicas rápidas para neutralizar amenazas, desarmes, movimientos evasivos y respuestas pensadas para permitirte salir de una situación peligrosa. Al menos en mi caso, el contacto real era limitado y la finalidad no era deportiva.
Las MMA funcionan de otra manera. Son una competición reglada en la que se combinan golpeo, agarres, derribos y lucha en el suelo para imponerse al rival dentro de un espacio y unas condiciones determinadas. La diferencia de enfoque es importante: una disciplina busca sobrevivir y escapar de una amenaza real; la otra prepara para combatir contra un oponente que también sabe pelear.
El cómic no pretende profundizar hasta ese nivel ni convertirse en un manual, pero sí acierta al mostrar que aprender algunas técnicas no elimina las diferencias físicas ni sustituye años de experiencia. La voluntad importa, pero no cambia las leyes de la física. La propia Elena debe asumirlo antes que nadie.
Partirle la cara no es realmente el objetivo
Prepararse para el combate obliga a Elena a moverse, conocer gente y tomar decisiones que llevaba demasiado tiempo aplazando.
También aparecen las dinámicas que se forman alrededor de un ambiente laboral tóxico. Cada trabajador conoce una versión diferente del mismo jefe, pero no todos pueden reaccionar igual ni asumir las mismas consecuencias. Plantarse resulta muy fácil cuando no tienes nada en juego. Hacerlo con una economía familiar frágil es otra cuestión.

En ese sentido, Voy a partirle la cara a mi jefe no presenta la violencia como una solución razonable para los conflictos laborales. El combate es una situación extrema y deliberadamente improbable que permite hablar de algo bastante más cotidiano: ese momento en el que continuar aguantando puede resultar más destructivo que afrontar las consecuencias de decir basta.
El recorrido sigue un camino conocido. Tenemos una protagonista superada por sus circunstancias, una mentora, un proceso de entrenamiento, nuevos vínculos y una confrontación final. No sorprende demasiado por su estructura, pero está bien llevado y mantiene las ganas de descubrir qué ocurrirá cuando llegue el día del combate.
Un dibujo preparado para subir al octógono
El trabajo de José Ángel Ares acompaña muy bien ese equilibrio entre historia social y relato de superación. Los personajes tienen diseños reconocibles, las compañeras de Elena forman un grupo variado y la diferencia de edad entre protagonista y entrenadora se percibe sin necesidad de subrayarla constantemente.
Las escenas de entrenamiento permiten entender las posiciones y los movimientos sin convertir cada viñeta en una explicación técnica. También se nota atención al vestuario, los espacios y el ambiente del gimnasio. Todo ayuda a que la parte deportiva tenga cierta credibilidad incluso cuando la premisa exige aceptar una situación bastante improbable.
Ares tiene además la peculiaridad de marcar algunos rostros con pequeños puntos y rasgos que, personalmente, me resultaron un poco llamativos. Es una cuestión de gusto y poco más. No perjudica la lectura ni empaña un apartado gráfico sólido, expresivo y adecuado para la historia.

Un final que me dejó queriendo saber algo más
El cómic se lee con mucha facilidad. No es especialmente corto, pero lo empecé antes de dormir y terminé leyéndolo de una sentada, llevándome hasta una hora poco recomendable para desconectar. La historia avanza bien y consigue que quieras llegar al enfrentamiento para descubrir cómo resolverán una situación que parece claramente desequilibrada.
Mi principal pega aparece después del desenlace. Me habría gustado conocer con algo más de detalle las consecuencias del combate para ambas partes y comprobar cómo afecta lo ocurrido a sus vidas. La trama va dejando pistas suficientes para imaginarlo y tampoco necesita un epílogo que explique el futuro de cada personaje, pero unas pocas páginas adicionales habrían dado algo más de peso al cierre.
Voy a partirle la cara a mi jefe me ha gustado. Su estructura se ve venir y eché en falta unas páginas sobre lo que ocurre después, pero el entrenamiento está tratado con sensatez y Elena resulta fácil de acompañar hasta el combate final.
Yo pensaba leer unas páginas antes de apagar la luz y acabé terminándolo bastante más tarde de lo previsto. Mal asunto para mis horarios. Bastante buen síntoma para el cómic.
Voy a partirle la cara a mi jefe entra en fase de preventa dentro de la web de Grafito Editorial del 18 de septiembre al 18 de octubre, fecha en la que también podrás comprarlo en tu librería de confianza y tiendas online como Amazon o similares.

