Los 36 de la Madeleine: memoria, resistencia y balas contadas
A veces uno compra un cómic por el autor, otras por el tema. Con Los 36 de la Madeleine me pasaron las dos cosas.
Por un lado, está escrito por Rafael Jiménez, una figura que tengo muy asociada a Carmona en Viñetas y a las Jornadas de Autores en Carmona. Rafa forma parte de esa clase de personas que trabajan desde la cultura de base: animando a la lectura, contando historias, acercando los cómics a colegios, lectores y curiosos, y creando espacios donde el contacto con los autores no se vive desde lejos, sino de una forma mucho más cercana.
Las jornadas de Carmona siempre me parecieron algo muy diferente a un salón del cómic. Allí ibas a escuchar a los autores hablar de su obra, a llevarte un tebeo firmado, a compartir una charla, a verlos dibujar o incluso a tomarte algo con ellos en un ambiente bastante familiar. De esos encuentros guardo muy buenos recuerdos, así que tenía curiosidad por ver cómo se movía Rafael Jiménez en una obra como esta.
Por otro lado, está la historia. Y ahí reconozco que entro fácil. Todo lo que rodea a la Guerra Civil Española, el exilio, el franquismo, la Segunda Guerra Mundial y esa parte de nuestra memoria que durante demasiados años se intentó tapar con un “mejor no remover” me interesa bastante. No por morbo histórico, sino porque ayuda a entender muchas cosas del presente. Cambia el foco. Cambia la forma de mirar.
Con esa predisposición llegué a Los 36 de la Madeleine, publicado por Cartem Cómics, y la lectura ha cumplido sobradamente con lo que prometía.

Resistir cuando ya no quedaba casi nada
El cómic nos lleva a junio de 1944. Un grupo de soldados españoles exiliados, supervivientes de una guerra perdida y de un camino lleno de heridas, resiste en el enclave francés de La Madeleine ante una fuerza alemana muy superior.
No tienen demasiados medios. No les sobra armamento. No están en una posición cómoda. Pero tienen experiencia, rabia, memoria y una idea bastante clara de lo que se juegan.
A partir de ahí, Rafael Jiménez y Alejandro Lozano reconstruyen un episodio de resistencia en el que la acción bélica importa, sí, pero no solo por el enfrentamiento en sí. Lo interesante está también en quiénes son esos hombres, de dónde vienen y qué arrastran.
La obra va presentando a distintos combatientes y abre pequeñas ventanas a sus historias personales: la Guerra Civil, la Batalla del Ebro, los campos de concentración, el exilio, la humillación, la pérdida y ese odio comprensible hacia un fascismo que no era para ellos una idea abstracta, sino algo que les había pasado por encima.
Una historia de guerra que no se queda solo en la guerra
Uno de los aciertos de Los 36 de la Madeleine es que no convierte a sus protagonistas en estampitas heroicas. Hay épica, claro, porque la situación la tiene. Pero también hay cansancio, trauma, dureza y una conciencia muy clara de que esos hombres no están combatiendo por romanticismo.
Están ahí porque ya han visto demasiado.
El cómic funciona muy bien como relato bélico, pero también como recordatorio de una parte incómoda de nuestra historia: la de los españoles que siguieron combatiendo al fascismo fuera de España, muchas veces sin recibir después el reconocimiento que merecían ni aquí ni en Francia.
Y eso pesa.
Porque Los 36 de la Madeleine no habla solo de un combate concreto. Habla de lo fácil que resulta olvidar a quienes hicieron lo correcto cuando ya no convenía recordarles.

Balas contadas, estrategia y guerra de guerrillas
A nivel narrativo, la obra tiene un punto casi didáctico muy bien integrado. No se limita a decir que los protagonistas están en inferioridad; te lo hace entender.
Hay una atención especial a la estrategia, al terreno, al uso de la guerra de guerrillas y a la necesidad de aprovechar cada recurso disponible. En ese sentido, el cómic transmite muy bien la tensión de quienes saben que no pueden permitirse desperdiciar nada.
De hecho, una de las páginas que más me ha gustado resume perfectamente esa idea. Los combatientes están ocultos entre los árboles, se insiste en que cada bala cuenta y la composición acompaña el recorrido del disparo hasta impactar en el enemigo. La página tiene ritmo, intención y una lectura visual muy clara. No es solo una escena de acción: es una forma de contar cómo se pelea cuando cada error puede costarte la vida.
Ese tipo de decisiones hacen que el cómic gane bastante.
Un dibujo quizá no perfecto, pero sí muy eficaz
El apartado gráfico de Alejandro Lozano cumple muy bien con lo que la obra necesita.
Es verdad que en algunos momentos el dibujo puede resultar algo irregular, sobre todo en ciertas proporciones o perspectivas. No estamos ante el apartado visual más refinado que uno pueda encontrar en el mercado actual. Pero sería injusto quedarse ahí.
Lozano recrea con solvencia a los combatientes españoles, los soldados alemanes, los franceses, los vehículos, las armas y el entorno bélico. Hay documentación, hay oficio y, sobre todo, hay capacidad para ordenar la acción de forma clara.
Y eso en un cómic de estas características es fundamental.
Además, cuando la composición se pone al servicio de la tensión, el resultado sube varios enteros. La obra sabe cuándo detenerse en los rostros, cuándo abrir plano y cuándo acelerar la escena. No siempre deslumbra, pero casi siempre cuenta bien. Y eso, en una historia como esta, vale mucho.

Memoria histórica sin sermón
Lo mejor de Los 36 de la Madeleine es que reivindica sin necesidad de convertir cada página en una pancarta.
La obra tiene una posición clara, evidentemente. Sería absurdo pedir neutralidad ante una historia de exiliados españoles enfrentándose al ejército nazi. Pero el cómic no necesita subrayarlo todo. Le basta con mostrar quiénes eran esos hombres, qué habían vivido y por qué seguían peleando.
Ahí está su fuerza.
En una España donde durante mucho tiempo se confundió cerrar heridas con esconderlas debajo de la alfombra, historias como esta siguen teniendo sentido. No para reabrir nada por capricho, sino para recordar que hubo personas que pagaron un precio altísimo y que, durante demasiado tiempo, quedaron fuera del relato oficial.
Y quizá por eso este cómic me parece especialmente necesario: porque no intenta vendernos una lección de historia como si fuera una clase obligatoria, sino recuperar un episodio que merece ser conocido.
Lo que menos me convence
Mi principal pega está en el apartado visual, aunque con matices.
El dibujo no siempre mantiene el mismo nivel y hay viñetas donde las proporciones o las perspectivas pueden chirriar un poco. No llega a sacarte de la lectura ni arruina el conjunto, pero está ahí.
También es una obra muy centrada en su objetivo. Quien busque una exploración más larga, más compleja o más abierta sobre el exilio español quizá se quede con ganas de más. Los 36 de la Madeleine va a lo que va: reconstruir un episodio concreto, poner rostro a sus protagonistas y reivindicar su lugar en la memoria.
Y en eso es bastante eficaz.

Conclusión
Los 36 de la Madeleine es un cómic histórico sólido, bien contado y con una intención muy clara: recuperar la memoria de unos combatientes españoles que siguieron luchando cuando muchos ya habían decidido mirar hacia otro lado.
Rafael Jiménez construye un relato de resistencia, dignidad y heridas abiertas, mientras Alejandro Lozano lo acompaña con un dibujo quizá irregular en algunos momentos, pero muy útil para la acción, la ambientación y el tono general de la obra.
No es un cómic que busque sorprender con grandes giros ni reinventar el género bélico. Su valor está en otra parte: en contar bien algo que merece ser recordado.
Y eso, con los tiempos que corren, no es poca cosa.
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