La isla de los longevos nº1: juventud artificial, venganza y una isla donde nada sale gratis
Hay premisas que no necesitan demasiadas explicaciones para llamar la atención. Un tratamiento capaz de devolver el cuerpo joven a personas mayores de ochenta años. Una isla donde el Gobierno japonés prueba ese milagro médico. Un hombre condenado injustamente que descubre que el asesino de su familia podría estar allí dentro. Y, por supuesto, la sospecha de que todo ese paraíso rejuvenecido esconde bastante más podredumbre de la que parece.
Con ese punto de partida llega La isla de los longevos, nuevo manga publicado por Hidra Manga y obra de Hiro Tomono, un primer tomo que mezcla ciencia ficción, thriller de venganza, cuerpos exuberantes, escenas subidas de tono y una idea de fondo que, aunque venga envuelta en entretenimiento puro, toca temas bastante actuales.
Porque lo del envejecimiento de la población, la baja natalidad, el coste sanitario o la obsesión por alargar la vida no suena precisamente lejano. Japón aparece aquí como escenario natural para esa reflexión, pero no hace falta mirar demasiado lejos para entender que el asunto nos afecta a todos.
Una segunda juventud con demasiadas condiciones
El protagonista de esta historia es Takirô Yabuzaki, un hombre que pasó casi cincuenta años en prisión por el asesinato de su mujer y su hijo. Un crimen que no cometió y que, desde el primer momento, queda asociado a una figura extraña: alguien con orejas puntiagudas que huye de la escena.
Cuando Takirô sale de la cárcel, ya no tiene prácticamente nada. Ni familia, ni juventud, ni una vida que recuperar. Lo único que conserva intacto es el deseo de encontrar al responsable de aquella tragedia. Y esa pista lo lleva hasta el Proyecto Aging, un experimento que selecciona a personas mayores para enviarlas a una isla donde sus cuerpos vuelven a tener el aspecto y la energía de los veinte años.
La idea, sobre el papel, parece un sueño. Pero La isla de los longevos tarda poco en dejar claro que esa segunda oportunidad tiene letra pequeña.

Una isla que empieza como fantasía y deriva hacia el desastre
Uno de los aciertos del primer tomo está en presentar la isla como un lugar casi absurdo en su exceso. Personas de ochenta años con cuerpos jóvenes, una libido disparada, un ambiente de desmadre y una sensación constante de que aquello no puede estar tan controlado como sus responsables quieren vender.
El manga no se corta con los desnudos ni con las escenas sexuales. Tampoco lo disimula. Parte de su gancho está ahí, en ese contraste entre ancianos rejuvenecidos y cuerpos jóvenes viviendo una especie de fiesta hormonal desatada. Puede gustar más o menos, pero no parece un añadido casual: la obra sabe perfectamente qué tipo de reclamo está usando.
Aun así, lo interesante es que ese componente más llamativo no se queda solo en la superficie. Debajo aparece una pregunta bastante jugosa: ¿qué ocurre cuando a alguien le regalas una juventud que puede perder en cualquier momento?
Ahí es donde el tomo empieza a virar hacia un terreno más oscuro. El tratamiento no es definitivo. Los habitantes necesitan seguir tomando unas pastillas para mantener sus nuevos cuerpos. Y cuando esas pastillas empiezan a escasear, la fantasía se rompe de golpe. Algunos rejuvenecidos envejecen de forma acelerada, se deforman, se consumen casi como si el cuerpo les estuviera cobrando todos los años de golpe.
La isla deja entonces de parecer un retiro experimental y empieza a oler a trampa.

Takirô Yabuzaki, un viejo con cuerpo joven y una deuda pendiente
Takirô funciona bien como protagonista porque no llega a la isla buscando placer, fama ni una nueva vida. Él entra con una obsesión muy concreta: encontrar al asesino de su familia. Eso le da al manga una línea muy clara de thriller de venganza, incluso cuando alrededor empiezan a multiplicarse los elementos más disparatados.
Su cuerpo rejuvenece, sí, pero su cabeza no pertenece a ese mundo de excesos. Sigue siendo un hombre marcado por la cárcel, por la injusticia y por una pérdida que no ha podido cerrar. Y ese contraste ayuda a que el lector no se pierda del todo entre tanta carne, misterio y experimento gubernamental.
Además, el hecho de que la figura de las orejas puntiagudas parezca vinculada al propio proyecto añade una capa de conspiración que deja el tomo bien colocado para continuar. No estamos solo ante un “sobrevive en la isla”, sino ante una historia que mezcla crimen, castigo, ciencia y manipulación.
Ciencia ficción social, pero con ganas de entretener
La isla de los longevos no pretende ser un ensayo sobre la vejez ni una reflexión especialmente solemne sobre el futuro de Japón. Y casi mejor. Su mayor virtud está en coger una preocupación real y convertirla en un manga de lectura rápida, con golpes de efecto, personajes diseñados para entrar por los ojos y escenas desagradables cuando toca recordar que el milagro tenía truco.
Ese equilibrio entre comentario social y entretenimiento directo es lo que hace que el primer tomo enganche. No reinventa nada, pero plantea suficientes preguntas como para querer saber por dónde va a tirar. ¿Quién controla realmente la isla? ¿Por qué se está provocando la escasez de pastillas? ¿Qué papel tiene el asesino de la familia de Takirô dentro del proyecto? ¿Hasta dónde puede llegar una población que acaba de recuperar la juventud y siente que se la están arrancando otra vez?
Son preguntas sencillas, pero efectivas.

El dibujo: cuerpos, tensión y deterioro
En lo visual, Hiro Tomono apuesta por un estilo muy reconocible dentro de cierto manga seinen actual: personajes atractivos, cuerpos marcados, mujeres exuberantes, expresiones intensas y una composición que sabe cuándo detenerse en lo sugerente y cuándo pasar al horror corporal.
Las escenas de rejuvenecimiento, deterioro y envejecimiento repentino son probablemente las que mejor venden el lado más desagradable de la historia. Hay algo muy gráfico en ver cómo esa juventud artificial se deshace, como si el cuerpo recordara de pronto que todo era prestado.
El diseño de personajes no es precisamente sutil, pero encaja con el tono. La obra quiere ser llamativa, quiere resultar algo morbosa y quiere que el lector entre rápido en su propuesta. En ese sentido, cumple.
Lo menos redondo
El principal punto débil de este primer tomo es que, de momento, funciona más como arranque que como historia con verdadero recorrido propio. Presenta el experimento, coloca a Takirô dentro de la isla, enseña sus excesos, introduce el conflicto de las pastillas y termina justo cuando la situación empieza a ponerse realmente fea.
Eso no es necesariamente malo, porque consigue dejar ganas de leer el segundo tomo. Pero también hace que esta primera entrega se sienta más como un anzuelo que como una pieza especialmente contundente por sí sola.
También es verdad que sus elementos más sexuales y sus personajes femeninos tan marcadamente exuberantes pueden echar atrás a parte del público. A mí no me molestan dentro del tipo de manga que propone, pero conviene saber a qué se viene: La isla de los longevos no es una obra discreta ni pretende serlo.

Conclusión
La isla de los longevos arranca con buen pulso, una premisa potente y suficientes excesos como para diferenciarse dentro del catálogo de Hidra Manga. Tiene ciencia ficción social, tiene venganza, tiene cuerpos jóvenes usados como reclamo y tiene un giro hacia el horror que promete bastante para los siguientes tomos.
No estamos ante una obra redonda ni especialmente profunda por ahora, pero sí ante un primer volumen entretenido, con mala leche y con un concepto que da juego. Personalmente, me ha dejado con ganas de seguir. Y eso, en un tomo uno que vive tanto de colocar piezas como de lanzar anzuelos, ya es bastante buena señal.
Para lectores que busquen un seinen de premisa llamativa, toque adulto, misterio y algo de desmadre, este primer tomo puede ser una buena puerta de entrada. Eso sí: mejor acercarse sabiendo que aquí la juventud eterna no viene envuelta en poesía, sino en deseo, conspiración y cuerpos que empiezan a pasar factura.
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