Habitat: ciencia ficción salvaje en una nave donde el futuro ya se ha podrido
Hay cómics que no necesitan explicarte demasiado su mundo porque prefieren lanzarte dentro y que aprendas a sobrevivir sobre la marcha. Habitat, de Simon Roy, va bastante por ahí.
Publicado en España por Grafito Editorial, este tomo recoge una historia que ya tenía recorrido fuera de nuestro mercado y que forma parte del universo personal de Roy, el llamado Grovusverso. He llegado a la obra sin conocer demasiados antecedentes del autor más allá de, tras informarme para esta reseña, saber que está vinculado a trabajos como Prophet, Tiger Lung o Jan’s Atomic Heart, y la verdad, reconozco que con esta obra me ha ganado muy rápido por una vía muy concreta: la sensación de mundo vivo, sucio, salvaje y desbordado.
Una nave generacional convertida en territorio salvaje
La premisa de Habitat es de esas que suenan familiares dentro de la ciencia ficción (y más después de leer ARCA), pero que aquí se llevan hacia un terreno mucho más físico y brutal. La Soleri es una enorme nave hábitat generacional que debía transportar a sus habitantes hacia una nueva colonia. El problema es que algo salió mal. Muy mal. La tripulación lleva generaciones a la deriva, los viejos conocimientos se han perdido y lo que queda dentro de la nave ya no parece una sociedad avanzada, sino una mezcla de tribus, castas, ruinas tecnológicas, hambre, violencia y supervivencia.
El punto de partida es sencillo, pero funciona como un tiro. Hank Cho, un joven que aspira a ascender dentro de los Habsec, se hace con una tarjeta que le permite imprimir un arma prohibida: una especie de pistola láser que no debería estar en manos de alguien como él.
A partir de ahí, la historia deja muy claro que ese objeto no es solo un arma. Es una ruptura del equilibrio. Es tecnología apareciendo donde no debe. Es un salvaje, a ojos del sistema, accediendo de golpe a un poder que no controla del todo y que convierte su huida en una amenaza para todos.

Cuando la tecnología no elimina las desigualdades
Y precisamente con eso, en lo que Habitat destaca como una obra realmente interesante.
Porque sí, el cómic tiene persecuciones, violencia, canibalismo, facciones enfrentadas y una sensación constante de fuga hacia adelante. Pero lo que de verdad sostiene la lectura es esa idea de que, incluso en un entorno con una tecnología brutal, las diferencias entre grupos humanos siguen funcionando de la forma más vieja posible: quién tiene acceso al conocimiento, quién controla los recursos y quién puede imponer su fuerza sobre los demás.
El futuro de Habitat no parece progreso. Parece una Edad Media construida dentro de una maravilla tecnológica.
Esa contradicción es lo que más me ha gustado del cómic. Por un lado, estamos dentro de una nave generacional, con robots, sistemas avanzados, máquinas capaces de imprimir armamento y restos de una civilización muy superior. Por otro, muchos de sus habitantes viven casi como tribus primitivas, rodeados de tecnología que ya no entienden, organizados en niveles, castas y grupos que se devoran —literal y metafóricamente— por sobrevivir.
Una ciencia ficción que no está tan lejos de nosotros
Y eso, por muy exagerado que parezca, conecta bastante con nuestro presente.
Vivimos hablando a diario de inteligencia artificial, automatización, algoritmos y avances que parecen sacados de la ciencia ficción. Pero al mismo tiempo, en nuestro propio planeta siguen existiendo comunidades aisladas, desigualdades brutales y personas que viven completamente fuera de ese supuesto futuro tecnológico.
Habitat lleva esa contradicción al extremo: mete a todos dentro de la misma nave y deja que el tiempo, el hambre y el poder hagan el resto.

Una huida hacia adelante sin apenas descanso
La lectura, eso sí, no es especialmente cómoda. No porque sea difícil de entender en su base, sino porque Roy no te da demasiado tiempo para acomodarte. Todo avanza a una velocidad altísima. Hay cambios constantes de escenario, personajes que aparecen y desaparecen, facciones que se cruzan, amenazas que se acumulan y una mitología interna que apenas se detiene a explicarse.
La sensación es casi la de ir corriendo detrás del protagonista mientras atraviesa un ecosistema que lleva siglos pudriéndose.
Esto tiene una parte muy positiva: el ritmo es brutal. No hay descanso. Habitat se lee con la urgencia de una persecución que no termina nunca. Pero también tiene su coste: cuesta agarrarse emocionalmente a algo más allá de Hank Cho y del propio mundo que Simon Roy ha construido.
El cómic fascina más por su entorno, sus ideas visuales y su energía que por el desarrollo pausado de sus personajes.
Un apartado visual lleno de ruinas, máquinas y detalles
Visualmente, en cambio, me parece donde la obra juega su mejor carta.
No diría que Habitat busca el impacto por la vía del dibujo “bonito” o espectacular en el sentido más limpio del término. Lo suyo es otra cosa. Simon Roy llena las páginas de detalles, de diseños extraños, de arquitectura imposible, de restos tecnológicos convertidos casi en templos, de escenarios que pueden recordar tanto a ruinas mayas como a instalaciones industriales abandonadas.
Hay algo muy potente en esa mezcla de nave espacial, selva artificial, chatarra sagrada y civilización rota.
Los personajes también tienen mucho trabajo detrás. No son diseños genéricos de ciencia ficción. Hay cuerpos, ropas, armaduras, máscaras, marcas sociales y detalles que ayudan a entender de qué mundo viene cada uno incluso antes de que hablen.
Esa saturación visual puede llegar a abrumar, pero también es lo que convierte a Habitat en una lectura tan gustosa para quien disfruta perdiéndose en los fondos, las máquinas y las pequeñas pistas de construcción de mundo.

Un universo más amplio que esta historia
Además, el tomo de Grafito incluye la historia corta “El emisario y el guerrero”, con guion de Simon Roy y dibujo de Linnea Sterte, que amplía esa sensación de estar ante un universo más grande que la historia principal.
No es simplemente un añadido decorativo: ayuda a reforzar la idea de que Habitat forma parte de algo más amplio, aunque el lector pueda disfrutar perfectamente este volumen como una pieza cerrada.
Lo que menos me ha convencido
Mi principal pega va justo en la línea de lo que comentaba antes: Habitat corre tanto que a veces parece más interesado en enseñarte su mundo que en dejarte respirar dentro de él.
Hay ideas, grupos, jerarquías y conceptos que podrían dar para mucho más, pero el cómic prefiere mantener la presión alta y empujarte hacia la siguiente escena. Eso no lo rompe, porque la propuesta va precisamente de caos, supervivencia y descontrol, pero sí puede dejar a algunos lectores con la sensación de haber visto un universo enorme a través de una ventanilla demasiado rápida.
Aun así, prefiero una obra que me deje con ganas de saber más que una que me lo mastique todo hasta volverlo plano.

Conclusión: ciencia ficción sucia, tribal y muy visual
Habitat es una lectura muy recomendable para quienes disfruten de la ciencia ficción sucia, tribal y llena de ideas visuales. No es una historia de naves relucientes ni de futuros ordenados. Es una barbarie espacial donde la tecnología no salva a nadie por sí sola; solo cambia quién tiene el poder de matar antes.
Y eso, sinceramente, la hace bastante más interesante que muchas distopías más solemnes.
Puede que Habitat no sea un cómic perfecto, pero sí es uno de esos tebeos que te recuerdan algo importante (y a tener muy presente cada día): el futuro no se reparte por igual. A veces, ni siquiera dentro de la misma nave.
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