El humor gamberro conquista Sitges 2013 (Crónica día 3)

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El humor gamberro conquista Sitges (Crónica día 3)
Tercera jornada aquí en Sitges y, de momento, la mejor de lo que llevamos en el festival, con una mañana repleta de títulos más que aceptables. Abrió fuego el director español Jorge Dorado con Mindscape, una coproducción estadounidense y española que cuenta la historia de un investigador que, gracias a un don que le permite entrar en los recuerdos de las personas, trata de resolver casos y ayudar a individuos con problemas psicológicos. Mark Strong es quien encarna al personaje protagonista, un hombre encadenado a una carga sentimental por algo que le ocurrió años atrás y al que le encargan analizar a una joven (Taissa Farmiga) que se niega a comer y que tiene un pasado muy oscuro. En este filme, la firma es española pero la factura final de lo que se muestra en pantalla no tiene nada que envidiar al resto de producciones norteamericanas, porque está filmada y montada con mimo y calidad. El suspense se mantiene a medida que avanza la historia, aunque el espectador más ágil puede tratar de unir los puntos y descubrir antes de que llegue el final por dónde desembocará este thriller psicológico. Y los que avancen a la misma velocidad que el protagonista, disfrutarán con las sorpresas que alberga la trama. Todo esto, unido a las buenas actuaciones de la pareja principal de actores, a una ambientación correcta y a una banda sonora que sabe acompañar los caminos por los que discurre la historia, conforma una cinta que puede resultar muy interesante cuando se estrene en los cines españoles.

La segunda parada de la mañana de ayer fue el verdadero plato fuerte de estos tres primeros días del certamen catalán y, de largo, la película más aplaudida en el auditorio principal. Se trata del largometraje británico ‘Bienvenidos al fin del mundo’, dirigido por Edgar Wright, que también se encarga de su guión junto a Simon Pegg. El autor de Zombies Party (Shaun of the Dead) trajo a Sitges una comedia gamberra en sus momentos de humor, que sabe ir conquistando al espectador en sus primeros compases y que, por si esto fuera poco, también ofrece destacadas luchas y peleas una vez que llega el momento en el que el argumento que se había contado hasta ese momento revienta en una sorpresa mayúscula, impregnándolo todo de un color azul, que llevará desde entonces el hilo conductor del filme. Para no destripar nada que eche a perder la fuerza de la historia, del argumento sólo se puede decir que relata la reunión de cinco amigos que, veinte años después de haber acabado el instituto, se reúnen para completar la proeza que en su día no fueron capaces de realizar: beberse una pinta de cerveza en cada uno de los 12 pubs de su pueblo, en un recorrido bautizado como “la milla de oro” y cuyo último punto recala en el pub con el nombre de “The world’s end”. Como cualquiera puede suponer, ese nombre significará más de lo que en un principio pueda parecer.
La película británica reúne un reparto que, liderado por el cómico Nick Frost, encaja a la perfección tanto en las vidas comunes de cada uno de los personajes antes del cambio radical que sufrirán sus vidas, como en las facetas cómicas necesarias para defender el humor excéntrico de los guionistas ingleses autores del filme. Será sin duda una cita obligada cuando el mes que viene aparezca en los carteles de las salas españolas, porque el público disfrutará con sus tremendos golpes de humor mientras se preguntará si de verdad está viendo lo que aparece en pantalla. Quizá en la parte final del filme falten más de esos toques de humor, ya que la sorpresa ha perdido su capacidad de encandilar, pero en conjunto se trata de una cinta muy recomendable.

El thriller ‘La última llamada’ (911. Llamada mortal) tampoco defraudará, en este caso a los amantes del suspense y de la tensión. Parte de un argumento que, en un primer momento, puede parecer que no conseguirá mantener la atención del espectador por mucho tiempo, pero el director Brad Anderson supo dar los giros necesarios para que la historia no decaiga. La actriz Halle Berry interpreta a una operadora del servicio de emergencias de Los Ángeles que recibe la llamada de una adolescente que ha sido secuestrada. La niña de Pequeña Miss Shunshine, Abigail Breslin, es quien da vida a esta joven, que, gracias a un teléfono móvil que su secuestrador no sabe que posee, va dando pistas a la operadora telefónica para conseguir ser localizada y que salven su vida. Obviamente, la película no se puede quedar solamente en el punto de vista de la trabajadora de la central de emergencias, sino que su habilidad a la hora de obtener información de la rehén permite a la policía ir siguiendo su pista a través de la ciudad, con lo que el director puede salir de “la colmena” -nombre que recibe el lugar donde se reciben las llamadas al 911- y aumentar el nivel de tensión a medida que los agentes se acercan o alejan del secuestrador. Incluso se permite el lujo de incluir un giro final que no era para nada esperado, tal y como se había construido el carácter de los personajes.

La última proyección de la mañana en Sitges fue la que presentó un nivel más bajo, a pesar de estar firmada por Roman Coppola y contar con un plantel de actores tan conocidos como Charlie Sheen, Bill Murray, Jason Schwartzman o Patricia Arquette.A glimpse inside the mind of Charles Swan III‘ arranca con fuerza en lo que parece que va a ser una apuesta original por contar algo de una forma diferente. Sin embargo, al final los efectismos en la dirección se desvanecen y desnudan el filme, cuya trama no está preparada para reflotar cada uno de los 86 minutos de su metraje. La historia de cómo un hombre enamorado afronta y se recupera de una ruptura con solo hablar un par de minutos con su expareja deja bastante frío, tanto por haber sido contada en innumerables ocasiones como por ser en este caso plasmada sin aportar ninguna novedad. Hay alguna escena que merece la pena, ya que está bien rodada y despliega diálogos emotivos, pero la mayor parte del filme naufraga estrepitosamente. Y eso ni siquiera los actores de relumbrón pueden levantarlo.

Mi jornada en Sitges la cerró la película suiza ‘Chimères’ ópera prima de Olivier Beguin sobre una pareja que viaja a Rumanía y, al sufrir un accidente el protagonista, le realizan una transfusión de sangre que le hará convertirse en vampiro. De una lentitud exasperante, sus 80 minutos se hacen eternos para contar una historia que, planteada tal y como lo hizo el director, hubiera bastado con plasmarla en un cortometraje, ya que la idea que se quiere transmitir es que el amor que siente su novia por él la hará comprender su modo de vida y llegar hasta las últimas consecuencias. Pero la ambientación es mejorable y la repetición de recursos es casi inaceptable, además de cómica en algunos aspectos, como la caracterización de los malos -reconocibles por llevar sudaderas con capucha- o el modo malvado de los dos protagonistas -que se activa al ponerse asimismo ellos las capuchas-.

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