Crítica de «Hasta el último hombre» (Hacksaw Ride): El nuevo film bélico de Mel Gibson

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Mi lista de directores contemporáneos preferidos se divide en varias categorías: directores que crispan los nervios (Denis Villeneuve), directores de finales sorprendentes (Night Shyamalan), directores raritos (Darren Aronofky), directores que lo hacen todo muy bonito (Tom Hopper), directores maestros de adoración perpetua (Spielberg) y directores, como Mel Gibson, que emocionan al más frío. Quizás porque él mismo tiene la frialdad propia del artista, que sacrifica sus sentimientos para que sintamos los demás.
Hasta el Último Hombre
Desde el momento cero de «Hasta el último hombre», cuando el primer plano no lo es todavía y la música es solo una clave sin definir colocada sobre un pentagrama –que luego se hará escueto pero enorme-, se te coge un pellizco. Es como un abrazo de oso que no te deja respirar y amenaza con escurrirte hasta la última lágrima en cualquier momento. Ya sea por un soldado caído, por un acto de fe, por la visión horrible del campo de batalla, por la cara de panoli enamorado del protagonista, o por un pequeño comentario gracioso. Porque hasta los momentos cómicos, que los hay, tienen una honda justificación. Y al final, cuando por fin puedes coger aire, la película no para de perseguirte y no te deja descansar. Respiras, pero de forma diferente.
Porque has estado combatiendo en el mismo campo de batalla. Has olido la putrefacción de los cuerpos y has escuchado los crujientes mordisquitos de las ratas royendo vísceras y huesos. Has tenido dudas y un terror enorme. Y has vivido con un no sé qué indescriptible la encarnación del Desmond Doss de Andrew Garfield (The Amazing Spider-Man). Tan cercano en significado a su papel en la próxima «Silencio» de Scorsese, como en concepto y físico al Anthony Perkins de «La gran prueba» de William Wyler (1956). Tan cercano al personaje real, y tan cercano al mensaje que busca Mel Gibson, que no hace falta ver, sino creer.
Andrew Garfield en Hasta el Último Hombre
Más allá de algún efecto digital y alguna cámara lenta –ambos insignificantes-, es difícil encontrar algo negativo a esta película que, más que película, es una firma de identidad. La de un director cuya obra habla de honor, libertad, sacrificio y amor, en sus formas más elevadas. Es imposible salir de una película de Mel Gibson siendo la misma persona. Es imposible ver «Hasta el último hombre» y no salir con la fe y la esperanza reforzadas. Es entonces cuando «La pasión de Cristo» cobra su verdadero significado. Porque el milagro no está solo en la hazaña del protagonista, sino en el cambio que se produce -si nos dejamos- en cada uno de nosotros, gracias al regalo de un director que se ha ganado el perdón, si es que alguna vez estuvimos enfadados.
Valoración: 9.5 /10

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